China, o el desafío de la transformación del espacio económico exterior argentino

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Por José Alberto Bekinschtein*

Durante los años que permanecí en China, desde aquel lejano 1981, participé en innumerables reuniones con departamentos de gobierno, empresas y burós de todo tipo. Algunos de los contratos en que intervine requirieron años de negociación. Pero al final, cualquiera fuera el tiempo que demandaran, siempre quedaba una sospecha: la de que las contrapartes locales, no sólo las presentes en la mesa de negociación, sino también el “poder real” que aparecería sólo en ocasión del banquete de celebración de la firma del contrato, sabían desde el comienzo qué pretendían y cuánto estaban dispuestos a ir cediendo, para no hacernos “perder la cara” a los “laowai” (extranjeros). Tales cesiones formaban parte de una fórmula consuetudinaria acerca del “interés y beneficio mutuo” que cerraba los acuerdos.

No hace mucho, en 2003, la participación de China en el PBI mundial, medida adecuadamente por la paridad del poder adquisitivo de la moneda era del 8 %. Diez años después se ha duplicado y en cinco años, según los cálculos del FMI, superará la de los Estados Unidos.

En 2013 grupos chinos invirtieron en 5090 empresas en el extranjero, en 156 países, por más de 100 mil millones de dólares, convirtiendo a China en el tercer gran origen de inversión externa global. Sólo en lo que va de 2014, capitales chinos invirtieron o adquirieron casi 10 mil millones de dólares en empresas del sector agrícola en el mundo, de las cuales las adquisiciones más importantes fueron Nidera, una firma transnacional protagónica en el negocio de semillas en la Argentina y Noble Agri Ltd., un holding de amplias ramificaciones en el comercio mundial de productos agrícolas. En sitios oficiales chinos se hace mención a que “la agricultura será foco de atención de futuras adquisiciones chinas, con compromisos a través de toda la cadena del valor, en particular cría y ganadería”.

Tales previsiones y supuestos, como cualquier extrapolación lineal de tendencias actuales, podrán o no cumplirse. Restricciones en materia de recursos naturales, envejecimiento de la población, deterioro del ambiente, turbulencias en los bordes, aspiraciones políticas de una clase media en ascenso, pueden generar sobresaltos en el camino. Pero de todos modos, China ya ha producido un cambio en los equilibrios del poder mundial que afecta especialmente a países donde están (notar que no digo “donde se producen”) los recursos que este nuevo actor protagónico requiere. Es un cambio de escenario trascendente, un desafío comparable al de otros episodios de mudanzas profundas en el mundo que, en su momento, alteraron el curso del desarrollo argentino. La amplitud de sus consecuencias aún no está clara, pero podría ser mayor al del fin de la relación privilegiada con Gran Bretaña después de la Gran Guerra, al de la transición de la segunda guerra a la guerra fría, al del fin del modelo agroexportador tradicional.

Se trata de un cambio que requiere de respuestas integrales, de previsiones, de evaluación de instrumentos de política, de ponderación de nuevas (y viejas) alianzas, de formulación de estrategias antes que de improvisaciones y espasmos.

Existen entre ambas partes, lo que podemos llamar asimetrías “dadas” y asimetrías simplemente, “aceptadas”. Entre las primeras, dimensiones físicas, territoriales, de población, tamaño de la economía. Las otras son construidas por la historia y por la política. Por eso mismo son potencialmente modificables, en función de decisiones y acciones precisamente, políticas. Entre ellas, por ejemplo, las disimilitudes entre la importancia relativa del comercio entre ambos para China, menos del 0, 6% de su comercio total y para la Argentina, más del 20% de su comercio total.

¿Se puede reducir al menos algo la magnitud de tales desigualdades? Sí. Por ejemplo, China importó en 2013 unos 41 mil millones de dólares de alimentos para consumo final (no insumos). Nuestra participación en ese mercado que crece a un ¡25% anual!, es del 0,8%. Participar del 5% del mercado, en línea con el potencial competitivo teórico de nuestra producción, daría lugar a unos 1700 millones de dólares adicionales (casi netos, con muy poco componente importado). Casualmente una cifra muy similar a la que actualmente está en juego en un tribunal de Nueva York.

Para lograr eso, ¿basta sólo con “la mano invisible”? Difícilmente. Es poco probable que actores públicos y privados atomizados puedan cubrir las brechas en materia de negociaciones de acceso, de soporte técnico a empresas que pretendan llegar al mercado asiático con productos adaptados a la demanda, de disponibilidad de crédito para realizar tal propuesta, de asimetrías de información en la negociación con contrapartes habituadas a la opacidad. Baste decir por ejemplo, para dar cuenta de las proporciones de unos y otros, que los ingresos anuales de COFCO, la corporación china que integra producción y comercio de alimentos fueron en 2013, el doble que los de YPF. Estos a su vez representan menos de una cuarta parte de la CNOOC (dedicada al petróleo offshore) y 9% de los declarados por SINOPEC, una de las tres grandes petroleras chinas, ya con presencia en el país.

Las reformas adoptadas por el Plenum del Partido Comunista Chino en noviembre de 2013 se proponen reconfigurar la política económica de un modo que garantice el crecimiento chino a largo plazo y que por lo tanto, asegure la perpetuación del dominio del Partido. En la misma reunión de noviembre quedó reafirmado además que, si no aparecen “cisnes negros”, China debería mudar de ser (sólo) la “fábrica del mundo” a ampliar su relevancia como mercado consumidor.

Para proveedores de alimentos, el progresivo declive en las decisiones de autarquía alimentaria que dominaron el país desde incluso antes de 1949, plantea un desafío inédito. Otros países proveedores construyen visiones e instrumentos de acción que implican a empresas, agencias gubernamentales, la oposición política, la academia, en la búsqueda de una visión común acerca de qué hacer con China, con Asia y con una Cuenca del Pacífico que es escenario de profundos cambios y renovadas tensiones. El Libro Blanco “Australia en el Siglo de Asia” (2012) resulta un buen ejemplo de esta construcción conjunta de estrategias por parte de todos los sectores de esa nación involucrados en el desafío de Asia y de China.

Las conductas frente a este reto deben dejar de ser defensivas y reactivas. Las restricciones comerciales aisladas, aún muchas veces legítimas, están lejos de cumplir el rol de una estrategia inteligente, tanto en el sentido más etimológico de la palabra (intelligere: escoger entre opciones) como en el usual “capacidad de entender o comprender” (…lo que sucede). En 2004 , en sendas cartas dirigidas desde China a los entonces ministros argentinos de RREE y de Economía, en base a la experiencia de casi un cuarto de siglo de tratos allí, les planteaba que lo que sucedía clamaba por una visión de conjunto: el establecimiento de un China Desk, un nodo que, provisto de un mapa general de la relación, pudiera proponer las líneas de acción y negociación en áreas aparentemente disímiles, pero siempre conectadas como infraestructura, compras del estado de bienes de equipo y transporte, participación de la industria local, política comercial, acuerdos de libre comercio de nuestros competidores que pueden darles ventajas en el mercado, inversiones, barreras fitosanitarias, protección del ambiente, facilidades financieras y cambiarias, para citar algunas.

Así, la cláusula usual acerca de “la igualdad y el beneficio mutuo” que enmarca acuerdos y contratos, podría ser entonces más que una fórmula.

Dicho de otro modo, las decisiones que no se tomen en Buenos Aires, se tomarán en Zhongnanhai, la sede del Gobierno, a unos metros de la Ciudad Prohibida en Beijing.

*Diplomático y director general de empresas multinacionales en China, donde ha residido por casi tres lustros.

 

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