Mediodías en la CEPAL[1]

Guillermo Anllo*

A fines de los noventa trabajaba en la Universidad Nacional de Quilmes donde tuve la suerte de coincidir varias veces con Beni, quién había sido mi profesor durante la Facultad. En alguna de esas ocasiones le manifesté mi deseo de sumarme a la CEPAL. En medio de la crisis del 2001, cuando a él lo nombran Director de la Oficina en Buenos Aires, me invitó a ir a trabajar con ellos, casi que pidiéndome disculpas por lo “poco que podía ofrecerme”, que era más que lo que ganaba a la fecha.

Esos años compartidos en la CEPAL fueron el mejor posgrado que pude tener. No solo por mi trabajo con Beni y Roberto, analizando la economía real y el sistema productivo argentino, y por la interacción con colegas del país y el exterior, más el acceso a textos y seminarios internos que no hubiera podido tener de otro modo sino, sobre todo, por los almuerzos. Aprendí más de economía almorzando, que en la Facultad, debo confesar. Y, si bien no estoy a la altura de quienes fueron mis maestros, lo poco que sé y comprendo de la economía se lo debo a ellos, en esos mediodías, principalmente. Mis almuerzos de formación comenzaron durante mi trabajo en la Universidad de Quilmes, junto a Porta y Lugones, quienes me cobijaron y enseñaron de economía pero, sobre todo, que el almuerzo era sagrado.

Durante mis años en CEPAL, de lunes a jueves salíamos religiosamente a almorzar Óscar, Adrián y Daniel más sus invitados, cuando tenía invitados. Daniel era un imán en ese sentido, ya que lo contactaban desde ministros y futuros presidentes, a investigadores y estudiantes, todos preocupados por la realidad económica del país. Los viernes tocaba pizza. Ellos se reunían religiosamente en Pizza Piola con ex ministros y equipos de gobierno; yo iba al Cuartito a clavarme una porción de fugazzeta.

El resto de la semana almorzábamos en el boliche de la esquina. La comida, no era lo más importante, a pesar del sibarita de Oscar, sino poder charlar. Los lunes sobre los partidos del fin de semana -principalmente River y Boca-; los martes de la serie del momento y, siempre, sobre economía real. Ellos me permitieron entender las complejidades del sistema económico argentino, los dilemas políticos que rodeaban los problemas del desarrollo y las dificultades de implementación de las soluciones más evidentes. Fueron casi 10 años, irrepetibles, que siempre extrañaré.

Un poco una obviedad, pero si se quería comprender los dilemas y tener una visión estructurada y completa de todo el campo de juego, era inevitable consultar a Daniel. La visión de Daniel era complementada con el conocimiento de Óscar de la gestión y política pública, con el manejo de la hacienda y las cuentas públicas. Adrián era quien sumaba la dimensión política y, también debo decir, quien oficiaba un poco de traductor, ya que para comprenderlo a Daniel había que entender a qué se refería cuando hacía ciertas reflexiones, donde él daba por sentado cosas que los demás no necesariamente teníamos claras.

Adrián fue un hermano mayor en esos años y ese ámbito. Él hacía varios años que trabajaba con Beni, y cuando yo llegué empezó a trabajar más seguido con Daniel, incorporando a su análisis la macro. Con mucha paciencia escuchaba mis dudas y corregía mis textos. Generalmente, lo que más hacía en sus correcciones era tachar palabras. Me enseñó a ser más concreto y hoy, cada vez que releo algún borrador que escribí y empiezo a tachar palabras me acuerdo de él. Aprendí rápidamente que si armabas algún tipo de proyecto con él -ya sea investigación, seminario o clases-, debías contemplar que te tocaría empujar el carro y prever que por algún motivo podía ser que a último momento se bajara. No es que no trabajara o no considerara importante la actividad, pero le costaba la exposición pública. Su bajo perfil no le hizo justicia a su agudeza en el análisis y así alcanzar un reconocimiento más allá de los que interactuábamos con él.

Si Adrián fue como un hermano, Óscar fue como un padre/amigo. Siempre generoso, regalando buen humor y diálogos honestos. Me abrió la puerta a su mundo, del que aprendí y aún hoy mantengo vicios. En el ámbito de la economía, me enseñó la importancia de las finanzas públicas, sobre las que tenía poca o ninguna idea ya que en la Facultad me había tocado cursarla con malos profesores y en circunstancias muy particulares. Me invitó a dar clases sobre el tema en la Carrera y varios posgrados, integrando equipos de lujo; me invitó a escribir documentos en igualdad de condiciones, que claramente no existía, y siempre discutió sobre los dilemas de la economía real tomándome como un par, lo que para poder estar a la altura me empujó a aprender y agudizar mi comprensión. Pero lo que más le voy a agradecer vino por el lado de lo importante en la vida, cómo disfrutar de lo cotidiano y distinguir lo importante de lo superfluo. La importancia de comer rico, ver una buena película, ir a la cancha a ver a River, escuchar buena música, juntarse con amigos, viajar para conocer nuevos lugares. Reírse y no tener miedo del ridículo. Lo que ejercía cada vez que se paseaba por la oficina con una caja en la cabeza, o algún otro tipo de disfraz. Y lo más importante, nada de eso invalidaba la seriedad y agudeza del análisis y trabajo. “Si vas a estudiar afuera, buscá primero el lugar del mundo donde valga la pena, y no donde esté el mejor profesor…¿qué vas a ir a hacer al medio de Minessotta??” “Evitá las personas que no tienen sentido del humor y no saben reírse de sí mismos”, son dos de sus frases que aún hoy retengo, entre otras. Mi escritorio está lleno de juguetitos y pavadas, característica que cualquiera que haya visitado alguna vez a Oscar reconocerá inmediatamente de dónde viene. Cada tanto salgo a dar una vuelta por mi oficina con alguna caja en la cabeza esperando ver las reacciones de los demás, porque me divierte y porque es un homenaje velado a su humor.

A Beni y Roberto los puedo seguir llamando para verlos y continuar aprendiendo. A Daniel, le debo una visita. Adrián y Óscar me acompañan todos los días. Siempre tendré esos almuerzos atesorados y estaré eternamente agradecido porque me hayan sumado, aún sin haber dado la talla.


*Senior Programme Specialist  Science, Technology and Innovation Policy Programme for Latin American and Caribbean, UNESCO


[1] Estas líneas buscan revalorizar en los procesos de formación los espacios informales en los que se aprende y crece. Ya que varios de aquellos que me dieron la oportunidad se han ido el último año, me sentí obligado a ponerlo por escrito. Durante mis años en la CEPAL desde inicios del 2002 hasta mediados del 2011, pude trabajar con muchos grandes profesionales de nuestra disciplina. En este humilde texto recuerdo a Bernando Kosacoff, Roberto Bisang, Oscar Cetrángolo, Adrián Ramos y Daniel Heymann. También hago mención a Fernando Porta y Gustavo Lugones lateralmente, quienes también fueron protagonistas de mi formación, en etapas previas a mi paso por la CEPAL.

Deja un comentario