Qué está sucediendo con la oferta de trabajo femenina en los últimos años en Argentina?

Por Luis Beccaria*[1]

 

Algo está pasando en el mercado de trabajo urbano argentino que no ha despertado aún el suficiente interés analítico que creo merecería. Se trata de la modificación que se produjo a principios de los años 2000s de la tendencia creciente que durante los cuarenta años previos registró la tasa de actividad femenina. El gráfico siguiente muestra, con datos de la encuesta de hogares para el Gran Buenos Aires (ámbito para el cual se cuenta con la serie más prolongada), como la participación permanece a lo largo de los 2000 en un nivel medio que es algo inferior al que había alcanzado en 2003. Esta dinámica no resulta particular del área metropolitana ya que, al menos teniendo en cuenta lo que sucede desde 1995, se repite para el conjunto de los aglomerados que releva la EPH.

 

Tasas de actividad de mujeres de 15 a 64 años en el Gran Buenos Aires*

Beccaria

*/ Para la serie puntual, son cifras de octubre (salvo 2003, que corresponde a mayo). Para la continua, se refieren a los cuartos trimestres. Los valores correspondientes a los años 1976 a 1979 fueron interpolados linealmente.Fuente: En base a datos de la EPH de INDEC

 

Este comportamiento no se repite en otros países de la región, incluso enaquellos que, al igual que en Argentina, vieron incrementar el empleo y las remuneraciones desde principios del siglo XXI, en los que continuó aumentando de la participación femenina.

La dinámica reciente de la oferta de trabajo femenino en el país plantea al menos dos cuestiones que resultan de interés analizar. La primera de ellas tiene que ver con la explicación de esta evolución. Cabe en este sentido, brindar algunos elementos descriptivos de la misma como que el crecimiento de la participación de las mujeres en edad de trabajar (entre 15 y 64 años) registrado entre 1960 y principios de los 2000s resulta de una leve reducción de la correspondientes a las jóvenes (15 – 24 años) –asociada a su creciente escolarización–la cual fue más que compensada por la expansión registrada en el resto. De la misma manera, no fue la continuación de la contracción de la participación de las jóvenes el movimiento que explica lo ocurrido con la tasa promedio en los 2000s, ya que el quiebre de la tendencia se observó precisamente entre las mayores de 24 años. Es en la evolución de este grupo que cabe focalizar el análisis; en particular, entre aquellas con nivel educativo medio (secundario completo y terciario incompleto) y bajo (hasta secundario incompleto); las de mayor escolarización ya habían alcanzado una tasa elevada a principios de los 90s (de aproximadamente el 90%).

Las fuerzas que pueden dar cuenta de la evolución de largo y mediano plazo de la participación femenina en edades adultas son diversas. Por un lado, juegan algunos factores demográficos, como la reducción de la tasa de natalidad o el crecimiento de hogares monoparentales, que provocarían un incremento de la participación. En el caso de Argentina, lo acontecido con el primer aspecto parece haber tenido un escaso impacto sobre lo ocurrido en los 80s y 90s (dado que se partía de valores ya muy bajos). Contribuye asimismo al incremento tendencial de la tasa de actividad de las mujeres el paulatino incremento del nivel de educación, el cual también se asocia, ahora de manera directa, con la evolución de la participación en el mercado laboral. Las variables estrictamente económicas, por su parte, suelen tener efectos diferentes si se considera el corto o el largo plazo. La tasa de actividad puede alterarse coyunturalmente por la operación de los efectos trabajador adicional (o efecto ingreso) y trabajador (des)alentado. En el mediano y largo plazo el incremento de las remuneraciones puede operar en el sentido de incrementar la participación (vía efecto sustitución). También lo que sucede con la estructura de la demanda de trabajo influye en la dinámica de largo plazo de la participación femenina en tanto fenómenos como el creciente peso de las ocupaciones de servicios favorece la empleabilidad de las mujeres. Asimismo, el cambio en los patrones culturales, tanto en sentido amplio (el papel de las mujeres en la sociedad, en el hogar) o particulares (creciente aceptación de las mujeres en determinadas ocupaciones tradicionalmente “masculinas”) han jugado su papel en el largo plazo.

Las posibles causas del cambio reciente en la tendencia de la participación femenina no resultan evidentes.[2] El nivel educativo medio de las mujeres continuó elevándose y ello debió haber tendido a aumentar la participación. Por otro lado, en cambio, no cabría esperar que los factores demográficos[3]o los culturales puedan haber tenido influencia en sólo una década.Una explicación que a veces se esboza es la presencia de una suerte de efecto ingreso (trabajador adicional inverso) derivado de las mejoras que experimentaron las remuneraciones, así como los niveles y calidad del empleo, entre los varones. Esto potenciado por un contexto donde las oportunidades de trabajo para las mujeres, especialmente de menores niveles educacionales (aquellas entre las que se verificó el estancamiento o la retracción de la participación) continuaron siendo desfavorables y, por tanto, desalentándolas de tomar un empleo.

Si bien no ofrecemos un argumento alternativo como “candidato” razonable para explicar el comportamiento reciente de la oferta femenina, el que se basa en el efecto ingreso enfrenta algunas dificultados. En primer lugar, porque se emplea regularmente alanalizar movimientos coyunturales y no resulta claro su pertinencia para entender desarrollos de mediano plazo. Por otro lado, y más allá que muchas de las oportunidades abiertas para las mujeres de nivel educacional bajo permanecieron siendo en general insatisfactorias durante los 2000s, en esta década aumentó la cantidad de puestos de mejor calidad (registrados, ocupados plenos) lo cual contrasta con lo acontecido en el decenio anterior. En los últimos diez años, además, mejoraron de manera significativa las remuneraciones reales de las mujeres (en el contexto de incrementos generalizados de sueldos y salarios). A su vez, creció el grado de escolarización de los niños menores de seis años, lo cual podría haber reducido el tiempo destinado a su cuidado.[4]

La experiencia internacional muestra precisamente que el involucramiento de las mujeres en el mercado de trabajo ha crecido de manera tendencial –aun cuando con diferente intensidad y cambios de corto plazo– durante períodos tanto expansivos como contractivos. Por lo tanto, y dado lo señalado anteriormente, el argumento que asocia el estancamiento de la tasa de actividad femenina durante los 2000s al efecto ingreso requiere de una profundización del análisis. Estos esfuerzos ulteriores deberán también contemplar otros hechos que complejizan el panorama (y que por razones de brevedad, no hemos descripto aquí), como que el estancamiento de la tasa de actividad de las mujeres con el más bajo nivel educativo ya se había iniciado a mediados de los noventa.

 

Pero se señalaba que la relevancia de esta evolución reciente de la tasa de actividad reviste un segundo interés analítico y es el de algunos de sus efectos sobre el mercado de trabajo. Específicamente, el estancamiento de la oferta femenina lleva usualmente a un estancamiento de la oferta global de trabajo (dada la estabilidad que usualmente se observa en la participación de los hombres); por consiguiente, en una menor presión de la oferta total. Un simple juego numérico permite comprobar que si la tasa de actividad de las mujeres entre 15 y 64 años del cuarto trimestre de 2004 en el Gran Buenos Aires hubiese crecido según la tendencia registrada entre 1980 y 2002, el valor alcanzado en el cuarto trimestre de 2012 superaría en cinco puntos a la efectivamente registrada (63.8% en lugar de 58.8%). Si ello no hubiese afectado otras variables (es decir, al empleo total y a la oferta de varones), la tasa de desempleo global del área habría sido de 11.1% en lugar de 7.9%.[5] Este resultado no sólo es un ejercicio “contrafactual” histórico, sino que llama la atención sobre un hecho que seguramente tendrá un influencia en lo que suceda en el futuro inmediato. En efecto, un escenario posible para los próximos años es el de algún grado de reversión de esta tendencia al estancamiento de la oferta femenina, con la consiguiente aceleración del crecimiento de la oferta total, años que no se avizoran como de una particularmente intensa generación de puestos de trabajo.

*Licenciado en economía. Facultad de Ciencias Económicas. Universidad de Buenos Aires. Doctor(Ph.D) en Economía. Universidad de Cambridge (Inglaterra)

[1] Estos comentarios surge a propósito de un trabajo de investigación en marcha que estamos realizando conjuntamente con Roxana Maurizio y Gustavo Vázquez en el Instituto de Ciencias de la UNGS

[2]Sólo para aclarar, no cabría atribuir la dinámica analizada desde principios de los 2000s a “deficiencias” de la información (menor actividad para que haya menor desempleo abierto). Por ejemplo, aquella evolución ya se manifiesta con anterioridad al momento en el cual se interviene el INDEC, en 2007.

[3] Un ejercicio estadístico de descomposición de los cambios en la tasa de actividad femenina entre 2003 y 2013 muestra que efectivamente el incremento en el nivel de escolarización tendió a aumentar la participación pero que no hubo cambios en las variables demográficas consideradas (número y cantidad de niños en el hogar). Tampoco en la proporción de hogares monoparentales.

[4] También suele mencionarse que el efecto ingreso se habría visto reforzado por la influencia de los planes sociales. Sin embargo, podemos descartarla en una primera mirada general (como la que se hace en esta nota) en tanto no se observa que los cambios en la cobertura de aquellos más importantes (Plan Jefes y AUH) se asocien a modificaciones en la tasa de actividad.

[5]Estos datos de la tasa de actividad y desempleo del cuarto trimestre de 2012 no coinciden con los difundidos por INDEC en tanto, cabe recordar, se refieren a los correspondientes a ala población con edades entre 15 y 64 años.

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