El futuro del trabajo a cuatro décadas de la pregunta japonesa

Joaquin Waldman (IIEP)

Una vieja anécdota relatada por Daniel Heymann cuenta que, en los años 80, frente al relato de los detalles financieros del plan de estabilización en curso, una delegación japonesa consultó qué iba a producir Argentina en el futuro. Los extranjeros, ajenos a los problemas de inestabilidad típicos de nuestro país, tenían la lucidez para mirar más allá y preguntar por la composición productiva, una vez resuelta la estabilización macroeconómica.

Esta anécdota cumple 40 años, y nuestro país sigue enredado en su inflación crónica. Sin embargo, la incipiente estabilización y su consecuente efecto productivo nos llevan a hacernos nuevamente la pregunta japonesa. Aunque el boom de Vaca Muerta, la minería y el agro parecen resolver el costado cambiario del asunto, son sectores particularmente poco demandantes de empleo. En este sentido, resta responder la pata laboral: ¿a qué se van a dedicar los argentinos del futuro?

Inteligencia Artificial y empleo

Esta duda aparece en un contexto global que también se pregunta por el futuro del trabajo, debido al salto en la capacidad y adopción de la Inteligencia Artificial (IA). El rápido avance de estas herramientas está generando un creciente reemplazo de tareas que hasta ahora eran únicamente ejecutadas por humanos. Eso no implica que la IA esté sustituyendo la totalidad de una profesión u oficio, ni tampoco que vayamos a ser reemplazados por modelos de lenguaje que todavía tienen dificultades, por ejemplo, para contar. Sin embargo, esta tecnología está modificando las actividades que hacen a un puesto de trabajo y su vertiginoso crecimiento incrementaría la escala de este recambio, alterando la demanda por trabajadores de numerosos rubros.

Esta nota no pretende responder a algo tan amplio como las consecuencias de la IA sobre el mercado laboral, pero sí presenta algunas hipótesis competitivas sobre sus efectos plausibles. Una primera posibilidad es que el reemplazo de tareas humanas lleve a una disminución de la demanda de empleo, reduciendo el tiempo total de trabajo de equilibrio y aumentando su productividad (se podrán hacer más bienes y servicios con menos horas de trabajo). Esta hipótesis admite dos lecturas. Una visión benevolente indica que cada persona trabajará menos horas/días por semana y, en su versión más extrema, incluye un ingreso alto universal que podría volver al trabajo opcional. Una perspectiva más catastrófica de este mismo escenario -el de la reducción de la demanda de trabajo- postula que los salarios se abaratarán, al volverse el trabajo un factor productivo menos relativamente requerido. En esta distopía, las ganancias del salto tecnológico serán apropiadas por los dueños de las empresas que lo produzcan, generando efectos distributivos nocivos (un workshop reciente del FMI sobre el tema no descarta la ocurrencia de este fenómeno, al que denomina winner-takes-most).

Una historia alternativa es que no pase nada. Casi nunca pasa nada. En este caso, los trabajadores cuyos puestos de trabajo se vuelvan obsoletos se dedicarán a nuevos oficios o serán absorbidos por una mayor demanda en ocupaciones preexistentes (como las tareas de cuidado de gente mayor, cuya demanda crecerá por las tendencias demográficas y de la esperanza de vida). De ser así, las sociedades se adaptarán a los cambios del mundo del trabajo como pasó con los grandes saltos tecnológicos previos. Cuando surgieron la máquina de vapor, los cajeros automáticos o internet, la sustitución de trabajo por capital se vio compensada por una mayor demanda agregada, fruto del incremento en la productividad y la consecuente caída de los costos de producción en términos reales. Así, desaparecieron ocupaciones y otras nuevas se crearon, sin que se reduzca el empleo total.

Al consultarle a una IA, obtuve una tercera hipótesis, que recuerda las de Autor, Katz y Kearney y Acemoglu y Autor: «Una tercera vía es la de una profunda polarización de la estructura laboral. En este escenario, la inteligencia artificial no reemplazaría profesiones enteras, sino que actuaría como un ‘copiloto’ hiperproductivo, generando un efecto dual: por un lado, dispararía la prima salarial de quienes tienen el capital humano para complementar y dirigir a la IA; por el otro, erosionaría la demanda de tareas cognitivas rutinarias, que históricamente traccionaron la movilidad social de la clase media. El resultado es un mercado laboral en forma de U o de ‘vaciamiento del medio’, con alta demanda y salarios en la punta tecnológica y gerencial, y en la base para trabajos presenciales no automatizables. El verdadero desafío no sería entonces la escasez agregada de empleo, sino la desaparición de los peldaños intermedios de la escalera social.» Como el propio Autor (acá solo y acá con Acemoglu y Johnson), luego la IA modificó su perspectiva, argumentando que: «la inteligencia artificial generativa posee una naturaleza distinta a la computación clásica. En lugar de automatizar la rutina, tiene el potencial de democratizar el conocimiento experto. Al actuar como un asistente avanzado, podría permitir que trabajadores de calificación media realicen tareas de alta complejidad que antes estaban reservadas para una élite profesional, ofreciendo una oportunidad histórica para revertir la polarización y reconstruir la clase media.«

El cambio estructural doméstico

Volviendo a la actualidad argentina, la discusión internacional se superpone con una etapa de cambios locales muy marcados. La estabilización de la inflación todavía es muy endeble, habiéndose estancado, en el mejor de los casos, durante el último año. Si el programa se truncara, es imposible prever qué tendencias sectoriales seguiría nuestra economía. Pero, si volviera a su cauce, hay algunos elementos que permiten especular con qué puede depararle a nuestra estructura económica.

En primer lugar, los planes de estabilización duraderos generan apreciaciones sostenidas del tipo de cambio real. Este proceso, que se asemeja en el caso actual a otros planes de estabilización, desalienta la producción de los rubros transables, cuya rentabilidad disminuye. Incluso, al interior de la producción transable, estos programas elevan el peso de los sectores capital-intensivos en la canasta exportadora, ya que sus costos se abaratan respecto a los trabajo-intensivos. Esto afecta al nivel general de empleo, al menos en el corto plazo, hasta lograr una transición de trabajadores hacia sectores no transables.

Además, el diseño específico del programa actual tiene otros dos factores que van en igual sentido. Por un lado, incluye una apertura comercial que genera pérdidas duraderas de empleo en las industrias que compiten con importaciones.  Por otra parte, su implementación se ancla en una importante contracción fiscal, que incrementa el desempleo en el mediano plazo, tanto por la pérdida de puestos de trabajo públicos como por un efecto multiplicador sobre el empleo privado. Los dos elementos generan desempleados a la espera de la transición hacia nuevas ocupaciones.

A contramano, la propia estabilización podría implicar algunas ventajas sobre el mercado de trabajo. En primer lugar, existe evidencia de que las desinflaciones son expansivas y reducen la pobreza. En segunda instancia, aunque el ingreso de divisas por inversiones en el marco del RIGI se centre en sectores poco empleo-intensivos, podrían derramar en un impulso a sectores conexos. Estos dos factores elevarían la demanda agregada, impulsando la creación difundida de empleo. Por último, la reaparición del crédito a largo plazo podría tener un efecto directo en un rubro muy demandante de trabajo, la construcción.

Hasta el momento, los efectos negativos de la estabilización sobre el empleo parecen haber predominado sobre los positivos. En los últimos dos años, hubo un crecimiento muy acelerado de los rubros agropecuario, minero y financiero, que treparon 27%, en contraste con una magra evolución del resto de sectores, que sólo subió 2% (incluyendo algunos que no han tenido un mal desempeño, como hoteles y restaurantes). El peso en el PBI de los tres sectores que lideran el crecimiento es de 13%, mucho mayor a su relevancia en el total de empleo asalariado (algo menos del 6%). En consecuencia, se perdieron medio millón de empleos registrados desde noviembre de 2023 (más de la mitad de ellos, asalariados).[1]

Conclusiones

La economía argentina actualmente destruye puestos de trabajo en sectores que eran grandes empleadores sin generar, por ahora, su reemplazo. Estos resultados derivan del cambio productivo que motiva la nueva configuración macroeconómica. Encima de esta transición, el mercado laboral también enfrenta un segundo desafío simultáneo: el que presenta la incorporación de la IA y cuyo resultado todavía es incierto. La conjunción de ambos, junto con la incipiente discusión de políticas al respecto, dificulta discernir qué actividades se mantendrán rentables y cuáles generarán los empleos del futuro. Así, la respuesta a la pregunta japonesa tendrá que seguir esperando.


[1] Para más detalles sobre la evolución del empleo y las remuneraciones, ver informes de empleo y salarios del EDIL.

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