Política de Ciencia, Tecnología e Innovación: parecen iguales, pero no lo son

death-of-innovation-2017

Por Guillermo Anlló*

Parte de los problemas cuando se diseñan e implementan políticas de Ciencia, Tecnología e Innovación (en la jerga se las llama CTI) es que no se las distingue por sus particularidades y se las trata como unidad. Ciertamente, deben ser abordadas de una forma sistémica y coordinada, pero la C, la T y la I hacen referencia a fenómenos diferentes, con rasgos específicos, integradas por comunidades no necesariamente coincidentes y que, por lo tanto, exigen abordajes distintos[1].

El COVID-19 es un muy buen ejemplo para mostrar las diferencias y explicar los matices que las distinguen. El sistema de ciencia, tecnología e innovación se pone a prueba ante desafíos de estas características. La sociedad aguarda soluciones y el conjunto del sistema debería poder darlas de manera articulada. La respuesta de la ciencia pasa, principalmente, por conseguir una vacuna o remedio que permita combatir el virus. Por ende, no importa en qué lugar del mundo la comunidad científica lo logre, sino que lo haga rápido y respetando los protocolos establecidos. Se impone la necesidad por lograr espacios de cooperación y coordinación a todo nivel y, para ello, el sistema científico y la asignación de su financiamiento deberían abocarse a ese objetivo. Como el conocimiento puede ser apropiado privadamente habría que garantizar que, una vez obtenido, se comparta; la forma en que se haga, quien pueda reclamar su propiedad y si eso perjudica futuras investigaciones, también son aspectos donde la política científica debe intervenir [2].

La campaña de vacunación -desde la producción a la aplicación, pasando por la distribución- sería propia de una política tecnológica. La vacuna debe producirse en todas partes o, al menos, garantizar que llegue a todo el mundo. Para ello, hace falta contar con las condiciones técnicas de entorno que lo permitan (fabriles, capacidades de recursos humanos, insumos requeridos, entre otros). A su vez, no es lo mismo una campaña de vacunación en un asentamiento o en un pueblo de frontera, que en los barrios acomodados de las grandes ciudades (como hemos observado últimamente, este grupo puede ser el más complicado de vacunar, amparados en su “libre pensamiento y progresismo paranoico de los laboratorios y corporaciones”).

Al mismo tiempo, una campaña innovadora con relación al COVID 19 debe apuntar a transformar las conductas de los agentes, así como generar condiciones para que surjan soluciones novedosas. Es necesario modificar hábitos (contacto humano, visitas, higiene personal, etc.), vínculos y otros valores que llevan inevitablemente a nuevas necesidades y nichos de oportunidad a ser aprovechados por potenciales emprendedores e innovadores.

Es decir, la C -la política científica- se orienta y focaliza en cuál debería ser la agenda de investigación; cómo se distingue la buena de la mala práctica científica; cuáles son los mecanismos de formación de recursos humanos -e.g. becas, carreras científicas, STEM[3] -; fuentes y mecanismos de financiación, modos de comunicación (por ejemplo, ciencia abierta) y a quién le pertenece el conocimiento alcanzado, entre otras cosas. Si bien la preocupación, desde la política pública, es cómo la ciencia puede contribuir al bienestar de la población, su población objetivo es la comunidad científica y las metas son cuantitativas. Los indicadores que miden la política y el grado de éxito, en general, se asocian con cantidad de investigadores, número de publicaciones y citas, financiamiento, cantidad de doctores formados y en qué disciplinas, entre otros valores.

La T -la política tecnológica-, si bien sigue teniendo metas e indicadores de resultado cuantitativos –e.g. cantidad de hogares conectados a Internet, cantidad de celulares por habitantes, ancho de banda promedio, etc.-, implica algunas condiciones más. Es que la tecnología es conocimiento aplicado y eso requiere adaptarlo a las condiciones de entorno. Lo que se busca con la política T es que la gente pueda beneficiarse de la tecnología y, para ello, debe poder acceder a la misma. Eso lleva a dos cosas. Por un lado, a que la tecnología esté al alcance de la gente y sea accesible, dada su condición ambiente; por el otro, a que la gente tenga las capacidades que le permitan usarla. No es lo mismo el uso de un barómetro al nivel de mar que a 4 mil metros de altura (la presión del entorno varía); no es lo mismo poseer un celular en una gran ciudad, que en medio del campo -sin conectividad, su uso es mucho más limitado-; no es lo mismo una incubadora en el primer mundo, que en un país donde la energía eléctrica no está al alcance de todos. Se podrán repartir un dron o una impresora 3D a todos los hogares, pero su uso e impacto no será el mismo en aquellos de altos ingresos, que en los que se localizan en asentamientos peri-urbanos, de no mediar capacitaciones o formaciones adecuadas afines.

En el caso de la T, la población objetivo de la política va desde la ciudadanía en general a las empresas, pasando por las instituciones del sistema científico. En el caso de la ciudadanía, ésta debe contar con la capacitación mínima para hacer uso de la tecnología (si les repartimos a un grupo social determinado -adultos mayores o niños en edad escolar- una tablet, pero no le enseñamos cómo se deben conectar o usar las aplicaciones, el esfuerzo será de poca utilidad), para lo que es necesario contemplar acciones educativas. Para las empresas, las políticas incluyen diversas acciones, como ser las de modernización de equipamiento, o el desarrollo de nuevas tecnologías o la adaptación de tecnologías ajenas. Las instituciones del sistema científico, a su vez, generan, desarrollan y difunden tecnologías. El éxito de la política, en todo caso, se sigue midiendo con variables cuantitativas, a través de los indicadores antes mencionados, entre otros.

La I -política de innovación-, si bien se vincula con la ciencia y la tecnología, transcurre por carriles muy diferentes. Primero, se trata de modificar conductas, por lo que los indicadores son cualitativos. Cuando hablamos de resultados observables de políticas de innovación, en realidad estamos haciendo referencia a procesos, ya que lo que se puede provocar desde la política son entornos y ambientes más o menos favorables a determinado tipo de innovación, que buscan modificar o generar conductas particulares en los potenciales innovadores, sin poder predecir su éxito. Es semejante, de cierto modo, a cómo se trabaja cuando se siembra algún tipo de verdura o cereal; se procura generar las mejores condiciones para que el grano brote y crezca, pero no se puede garantizar que sea una buena cosecha -hay demasiados factores que la política, o quien planta, no manejan-. De allí viene también la vinculación entre la innovación y la evolución biológica, encarnada en la economía evolucionista.

Podemos observar e intentar medir resultados -innovaciones alcanzadas- pero qué fue lo que ocurrió para que ellas sucedan (que es donde interviene la política), es lo que no está muy claro aún -o, en todo caso, no responde a medidas lineales-. Qué determinó que la gente adoptará una tecnología y no otra (la norma de video VHS en lugar de los Betamax), o que los países nórdicos fueran grandes productores de teléfonos móviles, o que exista un desarrollador exitoso de helicópteros en Saladillo, no responde a cuestiones lineales. Son muchas variables las que están en juego. Las condiciones de entorno varían permanentemente, moldeando la conducta de las personas, llevando a diferentes respuestas ante los mismos estímulos y, en ese tránsito, modificando el entorno nuevamente. Eso hace que la innovación se vuelva impredecible y, por lo tanto, bastante difícil de abordar desde la política.

Existen conductas innovadoras que uno podría definir como más virtuosas y deseables -en general, las asociadas a mayores inversiones en investigación y desarrollo, vinculando la I con la C y la T-, pero que, en contextos de emergencia, crisis o desarticulación social, no suelen ser las más factibles ni aplicables, haciendo que otro tipo de conductas innovadoras -la modernización vía la adquisición de equipamiento, donde el conocimiento innovador viene incorporado ya en la máquina; o la de supervivencia, generando nuevos usos sobre material de descarte- sean las que priman. En esos “entornos”, la C, la T y la I suelen no alinearse con lo que indican los manuales y, como resultado, las políticas -que muchas veces siguen a los manuales- no se planifican de forma integral, para contribuir a la conformación de un sistema. Dado que las conductas innovadoras, que responden a las condiciones de entorno, no se orientarán hacia el sistema científico, pensar políticas de C como si se dieran en un sistema virtuoso indefectiblemente guiará a un escenario desarticulado.

En esos casos, brindar respuestas sistémicas y socialmente eficientes muy probablemente implique salirse de lo estatuido por el saber convencional y repensar la articulación entre la C, la T y la I, ya que es necesario que actúen coordinadamente.

Volviendo al ejemplo del COVID 19, los gobiernos de la región han mostrado reflejos para realizar mayoritariamente acciones de política científica (la C), y pocas en línea con la T y la I y no necesariamente de forma sistémica y articulada ante el contexto que se está presentando.

En síntesis, el gran desafío sigue siendo lograr hacer converger la C, la T y la I, de tal forma de contribuir a un desarrollo más sostenible. Los entornos condicionan los diseños de política, la respuesta de los actores también. No puede construirse un sistema de CTI virtuoso sin planificar los tres ámbitos en consonancia, a la vez que conociendo profundamente sus particularidades. Sin esa visión de conjunto, las respuestas seguirán siendo independientes, con aislados resultados destacados, y un sistema desarticulado y pobre en resultados.

*Lic. en Economía (UBA, 1996), Magister en Ciencia, Tecnología y Sociedad (UNQ, 2004), Doctorando en Ciencias Políticas (UNGSM, Tesis pendiente). Responsable Regional para América Latina y el Caribe del Programa de Politica Cientifica, Tecnológica y de Innovación de la UNESCO – Oficina de Montevideo


[1] En la última década surgieron algunas recomendaciones en el sentido de hacer abordajes más sistémicos de políticas bajo la idea del policy mix. Para ver más al respecto, se puede consultar NESTA https://www.nesta.org.uk/report/innovation-policy-mix-and-instrument-interaction-a-review/ o en la OECD https://www.oecd-ilibrary.org/science-and-technology/oecd-science-technology-and-innovation-outlook-2016/policy-mix-for-business-r-amp-d-and-innovation_sti_in_outlook-2016-22-en

[2] Es interesante el caso de Jonas Salk y la vacuna de la polio, siendo que él no la patentó cuando la descubrió https://es.wikipedia.org/wiki/Jonas_Salk

[3] Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemática en sus siglas en inglés.

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