Incertidumbre y narrativas en economía

Por Ricardo Carciofi*

Motivado un poco por la curiosidad y otro tanto por una sugerencia, días atrás tropecé con “Radical Uncertainty”, un libro co-autorado por John Kay y Mervyn King. Mi renovado interés por el alcance del concepto de incertidumbre había comenzado en marzo. La instalación firme de la pandemia y de sus tremendas capacidades destructivas sobre la vida humana y el funcionamiento de la sociedad y la economía, me recordó la conveniencia de repasar algunas viejas lecturas e incorporar otras nuevas. Hice un esfuerzo, pero no progresé más allá de intentos fragmentarios y poco sistemáticos. De cualquier forma, eran suficientes para denotar la complejidad de la cuestión y que la tarea requería más tiempo y paciencia. Pero he aquí que me llegó una recomendación de tono ciertamente impersonal. Buscando otro material en la web, por alguna razón el algoritmo de Google me alertó sobre la existencia del libro de Kay y King. Decidí entonces adentrarme en el contenido.

De partida hubo dos datos que me llamaron la atención. El primero se refiere a los autores. El perfil de ambos combina sólida formación y carreras donde se alternan el claustro universitario con la práctica profesional. John Kay es economista, pasó varios años en la docencia universitaria en Oxford, es columnista regular del Financial Times, además de haber publicado varios trabajos académicos. Mervyn King, también con trayectoria en la academia inglesa y estadounidense, ha sido Gobernador del Banco de Inglaterra desde 2003 al 2013. Como tal, supuse entonces que había estado en una silla difícil durante la Gran Recesión de 2008-2009. En particular, imaginé que el texto haría alguna referencia a la visita de la Reina a la LSE y el relato de aquella pregunta matizada con tono de queja acerca de cómo era que académicos de trayectorias brillantes no habían podido anticipar la crisis. Efectivamente este tema se aborda en el libro. El segundo dato que observé fue la fecha de publicación del texto: 2020. Asumí entonces que sería una indagación sistemática respecto de cómo la pandemia ponía de manifiesto grados de extrema incertidumbre. En esto me equivoqué. Los autores entregaron el manuscrito antes que se conocieran los estragos del Covid-19. No obstante, seguí adelante con la lectura.

La insatisfacción con el tratamiento convencional del concepto de incertidumbre.

El libro está organizado en 23 capítulos que se dividen en 5 partes: i) naturaleza de la incertidumbre, ii) el atractivo del concepto de probabilidad, iii) haciendo sentido de la incertidumbre, iv) economía e incertidumbre, v) conviviendo con la incertidumbre. Cada uno de los capítulos aborda la cuestión con una combinación de los aspectos conceptuales e ilustraciones con ejemplos. El libro está dirigido a un público amplio,  más allá del mundo de los economistas.

El foco de la cuestión es la insatisfacción de los autores con el tratamiento convencional que la economía ha dado al concepto de incertidumbre: adjudicar probabilidades subjetivas a todos los posibles eventos futuros. Ésta ha sido la forma bajo la cual en el análisis económico convencional ha logrado encapsular la noción de incertidumbre como una cuestión de manejo del riesgo.

Este planteo, iniciado en la academia estadounidense en los años 80 y posteriormente incorporado al programa de estudios universitarios de economía en todo el mundo, descansa en algunos supuestos cruciales. Primero, es factible conocer todos los posibles eventos y asignarles una probabilidad. En otras palabras, no conocemos el futuro, pero sí podemos discernir todos los posibles cursos futuros y asignarles una probabilidad subjetiva de ocurrencia. Segundo, todas aquellas situaciones que quedan fuera de este mapa son tratadas como shocks exógenos. Tercero, a partir de esta representación del mundo, individuos, hogares y empresas maximizan la utilidad esperada.  Cuarto, otro elemento central del planteo es que, durante el período para el cual los agentes formulan sus expectativas, no se producen cambios en los posibles senderos futuros identificados -hay un supuesto de “estado estacionario” de tales horizontes.

Incertidumbre: más allá del riesgo.

En oposición a esta batería analítica, los autores rescatan el concepto clásico de incertidumbre, que ellos califican como “incertidumbre radical”. Esta incertidumbre profunda, aquella que reviste el significado habitual del término, comprende lo que no conocemos, lo que sólo podemos imaginar de manera muy débil e imprecisa, opciones que ofrecen a su vez infinitas ramificaciones (aun difíciles de modelizar y calcular computacionalmente), y, más aún, que existe también aquello que “no sabemos que no sabemos”.[1]

Los autores argumentan que este tipo de incertidumbre no puede ser reducida a alternativas con distinto grado de probabilidad subjetiva. En realidad, el planteo no es nuevo y los autores lo destacan de manera apropiada. Se remonta a Keynes, Knight, Shackle, entre otros, que sostenían que el cálculo de probabilidades tenía un universo más reducido de aplicación: aquél donde las alternativas están objetivamente y estrictamente definidas -los juegos de azar por ejemplo. Pero que son de escasa utilidad cuando se trata de probabilidades subjetivas, especialmente porque hay alternativas -cursos futuros de acción- que no podemos siquiera vislumbrar hoy.

Una de las secciones del libro está dedicada a analizar cuáles habrían sido las razones para alejarse del planteo clásico que tuvo como consecuencia distorsionar la interpretación más evidente del concepto de incertidumbre. Los autores sostienen que la Escuela de Chicago, a través de las contribuciones de Friedman y Savage, tuvieron una trascendencia decisiva, y en particular de este último. Sin embargo, acotan que mientras Savage prevenía que su formulación aplicaba a “un mundo pequeño”, donde era factible acotar mejor los alcances del planteo, Friedman generalizó la teorización. De esa manera, y para sintetizar, la incertidumbre real desapareció de la escena y todo fue reducido al manejo del riesgo y de expectativas subjetivas sobre el futuro.

¿Cuál es entonces la conclusión a la que llegan Kay y Mervyn King? Primero, la necesidad de reconocer que no conocemos el futuro y que el artefacto de las probabilidades subjetivas es de muy limitada aplicación, pero que pierde potencia si se lo lleva más allá de esos límites. Segundo, lo anterior no invalida hacer escenarios, y valernos de información, de datos y modelos, pero cualquier conclusión debe ser acompañada de una “narrativa”. El propósito es contextualizar el análisis y, sobre todo, examinar los límites dentro de las cuales se arriban a ciertas conclusiones, especialmente si se trata de hacer recomendaciones de política, un plan estratégico de negocios, o el manejo de portafolio de inversiones. Tercero, y más importante quizás, los autores sugieren la conveniencia de revalorizar el viejo concepto de incertidumbre apartándola del tratamiento de probabilidades subjetivas y expectativas racionales. Esto último constituye también un mensaje de los autores que tiende a poner en primer plano la importancia del sentido práctico de la economía. Vale la pena una consideración separada de la cuestión.

La economía y su aplicación práctica.

Hay una larga tradición en la construcción del análisis económico con un propósito aplicado. Es ilustrativa la cita de Marshall al respecto: “economía es el estudio de la naturaleza humana en cómo llevar a cabo los negocios cotidianos”.[2] La teoría es válida en la medida que a partir de allí puedan derivarse principios orientadores para la acción -sea la política pública o las decisiones de inversión. Lo mismo se aplica a los modelos: su validez reposa en la medida que permitan ofrecer perspectivas adecuadas para el problema que se desea resolver. Ocurre sin embargo que la acción propuesta -inspirada en el modelo y en la mejor comprensión de la realidad que sea posible- transcurre en el futuro. Esto es en un futuro incierto, con un grado de incertidumbre tal que desafía la posibilidad real de discernir claramente cada una de las alternativas posibles.

El fenómeno en cuestión no tiene las propiedades de estabilidad y constancia en el tiempo. Lo esperable es el cambio, la mutación en grado elevado y a veces inimaginable. Es en este terreno donde el economista está muy limitado en sus capacidades de practicioner. Seguramente arribará a las conclusiones que le permiten el análisis y el modelo basado en los mejores datos disponibles, lo cual tiene en sí mismo gran utilidad, pero la validez como receta operativa está sujeta a múltiples caveats. De ahí la necesidad de, como dicen los autores, narrativas complementarias que en la práctica supone una mirada multidisciplinaria -sea la historia, la sociología, el derecho, la ciencia política, etc. Paradójicamente, la economía se desplazó más bien en el sentido contrario: ha procurado expandir las premisas de su análisis hacia otros terrenos muchos menos relacionados con “los negocios cotidianos”.[3] Esta suerte de imperialismo disciplinario ha sido ciertamente menos fructífero. En síntesis, no hay obstáculos para la ambición práctica de los economistas, toda vez que haya una conciencia clara de las propias limitaciones. Esto requiere no sólo cierta humildad -como diría Keynes, parecida a la noble tarea del dentista-,[4] sino la conveniencia de sumar otros enfoques (disciplinas) al arsenal del análisis económico.

Un par de reflexiones aplicadas a nuestra realidad.

El lector que haya llegado hasta aquí quizás extraiga la conclusión que toda la discusión, más allá que comparta o no el contenido, es excesivamente abstracta. En parte es correcto, pero me permito hacer dos reflexiones que se aplican a nuestra realidad económica reciente y que aluden a situaciones polares. Entre 2016 y 2018, la política económica se inspiró en el diseño de “inflation targeting” que supone, precisamente, un modelo donde los agentes económicos ajustarán sus conductas a las señales y objetivos del Banco Central en un contexto donde no existe incertidumbre radical sino riesgo calculable en base a probabilidades subjetivas. Todos sabemos los resultados. ¿Por qué el modelo no fue confrontado con otras “narrativas” de modo de verificar su efectividad? Vayamos al presente. Las declaraciones oficiales han señalado de manera reiterada la inconveniencia de presentar un “programa económico”. Una posición que evitar caer en la tiranía del Excel y de las proyecciones cuantitativas. En principio, parecería una interpretación justificada a la luz de la profunda incertidumbre reinante y las amenazas que existen en varios frentes de la marcha económica. De otro lado, se puede hacer el argumento contrario: se necesita en parte una “narrativa” detallando los ejes de la estrategia oficial sobre el rumbo elegido. Esa narrativa deberá tener su expresión numérica de manera de observar cómo encajan las diferentes piezas de política. Pero esto no significa que tales números habrán de cumplirse necesariamente. Como la incertidumbre es elevada, la visibilidad es baja y el horizonte se estrecha. Es comprensible. Pero esto no invalida la tarea.  Precisamente, implica reconocer la necesidad de repetir el ejercicio de manera frecuente y adaptar el rumbo a las nuevas circunstancias. La propuesta de una narrativa brindará un sentido de dirección que ayuda a las decisiones económicas y contribuye a despejar la incertidumbre. En este caso, el Excel ayuda y no perjudica. Quizás el próximo proyecto de presupuesto ayude a despejar incógnitas. No sabemos.    

Cierro aquí el comentario del libro de Kay y King. El texto creo que es de utilidad para una revisión de la noción de incertidumbre, rescata conceptos que vienen de tiempo atrás e incorpora también nuevas dimensiones. Los ejemplos ayudan a ilustrar y a poner de relieve las implicaciones del tema en debate. La sección sobre el aporte práctico de los economistas puede ser leída como un llamado de atención. No obstante, el lector debe advertir que el libro incursiona en territorios muy vastos, sin necesariamente señalar los límites del análisis. En ocasiones la complejidad del concepto es dejada de lado con la intención de progresar en el temario. La amplitud de mirada es una ventaja, pero tiene el costo de dejar aristas que no quedan adecuadamente exploradas.

*  Investigador Invitado, IIEP-UBA


[1] Taleb, N. (2007), Black Swan, The Impact of the Highly Improbable, Random House Publishing Group.

[2] Marshall, A. (1890). Principles of Economics.

[3] La referencia obligada aquí es la obra de Gary Becker, también un miembro destacado de la Escuela de Chicago.

[4] Keynes, J.M. (1930). Essays in Persuasion.

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