¿Por qué envejecen las poblaciones?

Por Pablo Comelatto*

Es bien conocido que las poblaciones nacionales de muchos países (y la población mundial en su conjunto) están atravesando significativos cambios demográficos, con importantes repercusiones económicas. Éstas caen en una de dos categorías: 1) el dividendo o bono demográfico y 2) el envejecimiento. El primero genera expectativas favorables por su potencial para favorecer el desarrollo económico (aunque bastante ansiedad también, derivada de que, siendo un fenómeno pasajero, “¡no estamos haciendo lo suficiente para aprovecharlo antes de que se termine!”). El envejecimiento, en cambio, genera preocupación y hasta temor por las consecuencias de llegar a ser una sociedad y una economía con proporciones hasta ahora nunca vistas de adultos mayores (“¡Un tsunami gris!”). Es también conocido que estos procesos tienen que ver con la evolución de la fecundidad (o la natalidad, o la fertilidad, o bueno, algo de eso) y la mortalidad.

A continuación vamos a describir el pasaje entre dos configuraciones demográficas, una en el pasado (hasta hace algo más de 300 años) y la otra en un futuro al que todavía no llegamos pero ya avizoramos. Este pasaje consiste en la transformación de las poblaciones humanas (nacionales y la mundial en su conjunto), pasando de una configuración etaria joven y con bajo crecimiento, a otra configuración envejecida y también con bajo crecimiento (o incluso negativo). Además del cambio en la estructura etaria, el otro impacto significativo es el cambio en el tamaño de la población mundial, que en el transcurso de este viaje se multiplicará por 10. Conocemos a este proceso como transición demográfica y representa la transformación más extraordinaria de la población humana, transformación que fue posibilitada por, y fue también condición de posibilidad para, las transformaciones económicas, sociales, políticas y culturales que definen al mundo contemporáneo.

A continuación vamos a presentar los mecanismos básicos por los que una baja de la fecundidad y la mortalidad dan origen al dividendo demográfico y al envejecimiento y trataremos de poner en una nueva perspectiva el fenómeno del envejecimiento. Sin desconocer los desafíos que el cambio demográfico supone, creo que un mejor entendimiento del origen y la naturaleza del mismo nos permitirá pensar mejor cómo convivir con el envejecimiento, viéndolo como lo que es, una resultante del progreso de la humanidad.

Fecundidad, mortalidad y ritmo de crecimiento

La ecuación básica de la demografía (conocida como ecuación compensadora) rige la evolución en el tiempo de un stock (de población), considerando los flujos (de nacimientos y defunciones) que afectan a ese stock.[a]  El número de nacimientos y de defunciones resultan de lo que podemos llamar «la fuerza” de la natalidad y la mortalidad, en tanto factores biológicos que determinan el comienzo y el final de la vida humana, no sin influencia de las presiones ambientales y las capacidades sociales para transformar el ambiente y adaptar la biología de la especie. La evolución humana es el largo desenvolvimiento de estas dos fuerzas que definen el tamaño y la estructura de la población. Aunque los determinantes inmediatos de la natalidad y la mortalidad son muy diferentes, en última instancia existe una interacción compleja entre la disponibilidad de recursos, la supervivencia individual y el ritmo al que nos reproducimos, individual y colectivamente.

La natalidad, en tanto fuerza que suma al tamaño de la población, resulta de la estructura etaria de la misma (cuántos individuos, especialmente mujeres, se encuentran en edades reproductivas) y del comportamiento reproductivo de los distintos grupos de edad. Éste último se mide mediante tasas específicas de fecundidad (por edad), que resultan en un indicador sintético llamado Tasa Global de Fecundidad (TGF), que estima el número promedio de hijos por mujer.[b]

La mortalidad, por su parte, es el resultado de la estructura etaria y de tasas de mortalidad específicas por edad. La esperanza de vida (al nacer) es un indicador sintético que mide la edad promedio a la que morirían los miembros de un grupo de individuos nacidos contemporáneamente (una cohorte de nacimiento, o generación, hipotética) si estuvieran expuestos a lo largo de toda la vida de la cohorte a las tasas de mortalidad específicas vigentes en un momento dado. El cálculo de la esperanza de vida está asociado al comportamiento de una curva de supervivencia que empieza con el total de miembros de la cohorte a la edad 0 y termina a la edad en la que muere el último miembro. Esta curva de supervivencia es una buena representación del nivel de la mortalidad en la población de que se trate, siendo la esperanza de vida al nacer proporcional al área debajo de esta curva de supervivencia: cuanto más alta la curva, más sobrevivientes de la cohorte llegan a cada edad y, por lo tanto, mayor es la esperanza de vida al nacer. La Figura 1 (modificada a partir de una presentada en Livi Bacci 1999)[c] muestra la curva de supervivencia para tres poblaciones con mortalidad baja, media y alta.

Figura 1-Curvas de supervivencia para 3 poblaciones (femeninas) históricas, con esperanzas de vida al nacer baja, media y alta.

El eje horizontal mide la edad (en años) y el eje vertical el número de sobrevivientes, empezando con mil nacidos (a la edad cero). La esperanza de vida correspondiente a cada curva está representada mediante e0.
Fuente: modificado a partir de Livi Bacci 1999, p. 27.

La Figura muestra, a través del desplazamiento de las sucesivas curvas hacia arriba a medida que pasa el tiempo (aunque se trata de poblaciones muy diferentes, podemos tomarlas como representativas de tres momentos en la historia de la humanidad), el progreso en términos de la baja de la mortalidad o, mejor aún, el aumento de la supervivencia.

Considerando que las tasas de fecundidad y la curva de supervivencia determinan en última instancia el número de nacimientos y defunciones, es fácil aceptar que conjuntamente determinan el ritmo de crecimiento de la población, que medimos mediante una tasa intrínseca de crecimiento natural (r, o también, r de Lotka). Esta tasa es un parámetro poblacional que toma valor r > 0 cuando los nacimientos superan a las defunciones, r < 0 en caso contrario, o r = 0 cuando nacimientos y defunciones están balanceados.

El caso r = 0 es especialmente interesante como umbral. Indica que la fecundidad se encuentra en lo que llamamos el “nivel de reemplazo generacional”. Este nivel de fecundidad de reemplazo debería ser, en principio, TGF = 2, de modo que cada par de progenitores “pague su deuda demográfica” (según la expresión de Livi Bacci), trayendo dos hijos al mundo que sobrevivan hasta completar su propia vida reproductiva. Aquí la mortalidad juega un rol que está limitado a su efecto en los años previos al fin de la etapa reproductiva de las mujeres[d]. En efecto, la mortalidad post-reproductiva, aunque relevante para la esperanza de vida, no juega ningún rol en el crecimiento intrínseco de la población. Si los individuos (especialmente las mujeres) sobreviven hasta completar su fecundidad, su supervivencia posterior no suma al crecimiento intrínseco de la población.[e], [f]

El caso r = 0, entonces, corresponde a una TGF de 2 hijos por mujer, que deber ser incrementado por un factor que tome en cuenta la mortalidad antes del final de la etapa reproductiva. En poblaciones con mortalidad relativamente baja, se toma una TGF = 2,1 como nivel de reemplazo, donde el decimal refleja que para pagar la deuda demográfica de 2 hijos que a su vez lleguen a completar su vida reproductiva, hay que tener en promedio un poco más de 2 hijos. Este factor será tanto más grande cuanto más alta sea la mortalidad antes del fin del período reproductivo.

La estructura etaria

La demografía formal muestra rigurosamente que cuando la TGF y la curva de supervivencia se mantienen constantes en el largo plazo la estructura etaria de la población se vuelve estable. Esto es, el tamaño relativo de los grupos de edad en una población estable permanece invariable.

Esto naturalmente nos conduce a la pregunta: ¿cómo es esa estructura etaria? ¿Qué tan joven, o envejecida, es? Sin entrar aquí en el desarrollo formal[g], podemos decir que una población estable tiene una estructura etaria intrínseca, determinada por el perfil de la curva de supervivencia. Si tomamos las curvas de la Figura 1 y las ponemos de costado, midiendo verticalmente hacia arriba la progresión desde la edad 0 en adelante ¡obtendremos las pirámides que esas poblaciones hubieran tenido en una configuración estable o sea, con tasas de fecundidad y supervivencia constantes! (Figura 2)

Figura 2 – Estructura etaria intrínseca de tres poblaciones a partir de las curvas de supervivencia para la población femenina.

El eje horizontal mide el número de individuos de cada sexo y el eje vertical la edad (en años). Para cada población, una curva es una copia en espejo de la otra (por no disponer de la verdadera curva para las respectivas poblaciones masculinas). La mitad izquierda, si se la gira 90 grados a la derecha, se corresponde exactamente con la Figura 1 más arriba. Fuente: elaboración propia a partir de la Figura 1.

Pero seguramente esas no son las verdaderas pirámides poblacionales de las respectivas poblaciones, porque la estructura etaria real es igual a la estructura intrínseca más el efecto de la tasa de crecimiento  si ésta es distinta de cero. En efecto, cuando una población crece (fruto de una fecundidad mayor a la de reemplazo), este crecimiento tiene un impacto que puede llegar a ser muy grande en la estructura etaria: en cada año se producen más nacimientos que en el anterior, por lo que la pirámide se ensancha por abajo; una r > 0 rejuvenece a la población.

Por el contrario, una r < 0 (fruto de una fecundidad menor a la de reemplazo) angosta la base de la pirámide y hace a la población más vieja. La estructura etaria sólo se corresponderá con el perfil de la curva de supervivencia (lo que llamamos antes la estructura etaria intrínseca) en el caso particular en que r = 0 (fecundidad exactamente en el nivel de reemplazo). Este último caso, un caso particular dentro de todas las posibles configuraciones de población estable, se conoce como población estacionaria.

Esta breve reseña acerca de la naturaleza de las poblaciones estables y estacionarias tiene el objeto de poner en el centro de nuestra atención los elementos centrales que la demografía aporta al economista interesado: el crecimiento de la población, su estructura etaria, y el rol que la fecundidad y la mortalidad juegan en su determinación. Sin embargo, la población mundial hoy y las poblaciones nacionales de cada uno de los países no son ejemplos de poblaciones estables. La población mundial y las nacionales están atravesando un proceso de transición desde una cierta configuración de población estable en el pasado hacia otra configuración estable, en un futuro al que todavía no hemos llegado pero que ya avizoramos. Este proceso de transición demográfica está en el origen de las esperanzas y las preocupaciones que los economistas depositan en la demografía hoy.

La transición demográfica

Por milenios, la población mundial estuvo en un régimen donde los (muchos) nacimientos se compensaban con las (muchas) defunciones, por lo que el ritmo de crecimiento poblacional era muy cercano a cero. La elevada natalidad era fruto de elevadas tasas de fecundidad (fruto a su vez de la falta de prácticas de control) y una estructura de edad con una alta proporción de individuos en edades fértiles. La elevada mortalidad, por su parte, era el resultado de altas tasas de mortalidad en todo el rango etario, pero particularmente elevada mortalidad infantil, debido fundamentalmente a la prevalencia de enfermedades infectocontagiosas y presiones ambientales que pudieran resultar en falta de alimentos o muertes violentas. En poblaciones con elevada mortalidad, la TGF de reemplazo es de más de 6 hijos por mujer. La curva de supervivencia de la Galia Cisalpina en la Figura 1 (correspondiente a una esperanza de vida de 20,7 años y una TGF de reemplazo igual a 6,8 hijos por mujer) es representativa de las condiciones prevalecientes durante milenios.

Durante todo este período, la población mundial tuvo una configuración estable, casi estacionaria. La fecundidad, aunque elevada, estaba en niveles próximos al nivel de reemplazo, pues la elevada mortalidad infantil hacía que el reemplazo generacional mantuviera un tamaño de población en edades reproductivas más o menos constante o apenas creciente. Así le tomó a la población mundial miles de años para llegar a los mil millones de individuos, población estimada en torno al año 1800. Livi Bacci estima la tasa de crecimiento prevaleciente durante milenios en 0,008 por ciento promedio anual[h] y que repuntó a un todavía magro 0,037 por ciento a partir de la difusión de la agricultura.

Hacia el año 1800 empieza la transformación demográfica más extraordinaria y de la que nosotros hoy aún somos parte: el proceso de transición desde esa configuración estable (con muy bajo crecimiento) en el pasado, hacia otra configuración estable, a la que aún no hemos terminado de llegar, caracterizada por bajas tasas de fecundidad y mortalidad. Esta transición demográfica es un fenómeno más o menos universal, aunque con ritmos dispares regionalmente, asociado con el pasaje de sociedades mayormente rurales-agrarias a sociedades predominantemente urbanas-industriales y de servicios. Consiste en el proceso de disminución de las tasas de mortalidad, primero, y de fecundidad, luego. La exposición anterior sobre los determinantes del crecimiento y la estructura poblacional nos sirven ahora para pensar los efectos de esta transición.

El desfasaje en la temporalidad de la disminución de las tasas dio lugar a un aumento explosivo de la tasa de crecimiento poblacional: las respectivas poblaciones nacionales experimentaron números de defunciones (regidos por la nueva, más baja, mortalidad) muy menores a los volúmenes de nacimientos (regidos aún por la elevada fecundidad pre-transicional). Este proceso, que comenzó en Europa occidental hacia fines del siglo XVIII y aún sigue su curso en el resto del mundo, concluirá con aproximadamente una población mundial equivalente a diez veces la población al inicio. En efecto, en algo más de 3 siglos la población mundial habrá pasado de aproximadamente mil millones de individuos hacia 1800 a un poco más de diez mil millones al final del presente siglo (según proyecciones de la División de Población de las Naciones Unidas). A la humanidad le tomó decenas de miles de años llegar a los primeros mil millones, pero sólo 300 años para llegar a los 10 mil millones. En el pico de crecimiento, en 1968, la tasa de crecimiento medio anual fue de 2,1 por ciento, o 260 veces más grande que el crecimiento medio prehistórico.

En la nueva configuración post-transición, la población retomará una configuración casi estacionaria, con niveles de fecundidad y mortalidad bajos. La tasa de crecimiento natural vuelve a su nivel intrínseco, el que no tuvo durante los 300 años que duró la transición. En esta nueva configuración estacionaria la estructura etaria está casi exclusivamente determinada por el perfil de la curva de supervivencia (no muy diferente de la curva para Japón en el año 2000, con una esperanza de vida de 83 años), mientras que el efecto del crecimiento pierde importancia a medida que se aproxima a cero (aunque puede volverse significativa en el sentido inverso si el crecimiento se vuelve negativo).

Para entender el efecto de la transición sobre la estructura etaria es conveniente distinguir:

  1. El mayor crecimiento durante la primera etapa rejuvenece a la población, lo que es contraintuitivo con el hecho de que estamos yendo hacia una distribución en la que los individuos sobreviven hasta edades mayores. En este sentido, la transición encierra una paradoja, en que para movernos a una estructura etaria envejecida tuvimos que pasar décadas (o incluso siglos) de alto crecimiento poblacional, lo que tuvo el efecto de rejuvenecer a la población.
  2. El punto de llegada de la transición es una pirámide envejecida, donde la estructura etaria intrínseca, marcada por una curva de alta supervivencia, aflora cuando el efecto del crecimiento deja de sentirse
  3. El efecto del envejecimiento post-transición puede verse reforzado en el caso en que la fecundidad caiga sostenidamente por debajo del nivel de reemplazo y, por lo tanto, el crecimiento intrínseco se vuelva negativo.

El mayor crecimiento durante la primera etapa rejuvenece a la población, lo que es contraintuitivo con el hecho de que estamos yendo hacia una distribución en la que los individuos sobreviven hasta edades mayores. En este sentido, la transición encierra una paradoja, en que para movernos a una estructura etaria envejecida tuvimos que pasar décadas (o incluso siglos) de alto crecimiento poblacional, lo que tuvo el efecto de rejuvenecer a la población.

Es preciso señalar, sin embargo, que la transición es irregular: la fecundidad ha conocido rebotes (por ejemplo, el baby boom del mundo industrializado en la segunda postguerra) y también ha habido retrocesos en cuanto a la mortalidad (por ejemplo, la epidemia del SIDA, particularmente en el África subsahariana, o el colapso de la Unión Soviética, produjeron caídas apreciables en la esperanza de vida de los países afectados; aún está por medirse el impacto final que la presente pandemia tendrá en la esperanza de vida, aunque es seguro que en los países más afectados quebrará una tendencia de décadas de progreso sostenido). Aunque en general tenemos una buena comprensión de las causas detrás de las caídas de la fecundidad y la mortalidad, el timing de las fluctuaciones ha sido difícil de predecir (y, a veces, incluso de explicar).

El dividendo y el envejecimiento

Es este estado dinámico de tasas cambiantes lo que da lugar al dividendo demográfico y el envejecimiento, que no existirían sin el cambio en la estructura de edad durante la transición y la nueva configuración posterior al fin de la transición.

En efecto, la última cohorte de nacimiento nacida antes de la caída de la fecundidad es la última cohorte grande que hay que alimentar, educar, vestir y cuidarle la salud durante la niñez. Nótese que en la primera etapa de la transición (la del crecimiento) cada nueva cohorte, al nacer, traía consigo el desafío de financiar el consumo y la inversión en el capital humano de un número creciente de niños. En un sentido, el comienzo de la transición demográfica, con sus elevadas tasas de crecimiento, había dado lugar a una especie de anti-dividendo: cohortes de niños cada vez más grandes requerían una permanente expansión de la infraestructura y los gastos asociados al cuidado y la crianza de esos niños. El crecimiento inicial postpuso el envejecimiento, al precio de tener que invertir en el capital humano de cohortes cada vez más grandes. Sólo cuando baja la fecundidad baja la necesidad de hacer esta inversión y se abre lo que algunos llaman una ventana de oportunidad demográfica.

Más precisamente, esta ventana se abre cuando la última cohorte grande llega a la edad de entrar al mercado de trabajo, porque ya no hay que invertir en tantos niños y la cohorte todavía no envejeció. La ventana permanece abierta el tiempo que esta última cohorte demore en retirarse del mercado de trabajo. El dividendo demográfico es la realización de esta oportunidad que la demografía nos brinda, pero requiere que la demografía sea acompañada por un mercado de trabajo robusto y una importante inversión en la formación de capital fijo. Una vez que la cohorte se retira, la ventana de oportunidad demográfica se cierra y empieza oficialmente la etapa del envejecimiento.

Nótese que “entrada” y “salida” del mercado de trabajo, y las edades asociadas con ellas, no son eventos demográficos (tampoco el cuánto se invierte en la crianza de los niños es una constante biológicamente determinada). Hoy usamos umbrales etarios específicos para el pasaje de una etapa a otra: típicamente 15 años para el comienzo de la etapa laboral, y 65 años (o 60) para el retiro, que asociamos con el comienzo de la vejez, y con una percepción de la pérdida de capacidad cognitiva y física para el desarrollo de actividades productivas.

Sin embargo, desde el punto de vista del envejecimiento individual, estas edades exactas no son umbrales biológicos de envejecimiento. No pasa nada especialmente significativo el día puntual en que celebramos nuestro cumpleaños 65 y por lo tanto medir el envejecimiento demográfico como el aumento de la proporción de individuos 65+ no es un indicador exacto. Este número es institucional, en el sentido de que está imbuido típicamente en los esquemas específicos de transferencias hacia los adultos mayores (los sistemas previsionales). Pero el pasaje de una etapa a otra es gradual y no es simultáneo para todos los individuos. La curva de supervivencia no sabe nada de roles socioeconómicos, perfiles de ingresos, o tasas de participación económica.

Una cuestión aún abierta es si los años de vida ganados son años sanos, empujando hacia adelante el inicio del deterioro físico y cognitivo o si, por el contrario, estamos prolongando los años de dependencia económica. En términos de la curva de supervivencia, la cuestión es si ésta está subiendo, “comprimiéndose contra el techo” del gráfico, o si se está estirando hacia la derecha, “alargando” la supervivencia de los que ya eran los más longevos originalmente. Aunque la esperanza de vida sube en ambos casos, la cuestión hace a la dispersión de la edad al fallecimiento de los miembros de la cohorte: una compresión hacia arriba significa que la dispersión se reduce, y todo los individuos mueren a una edad más homogénea (y en promedio más tardía). Una expansión hacia la derecha, en cambio, aumenta la dispersión, con algunos individuos que mueren a edades cada vez más tardías, mientras otros siguen muriendo a edades relativamente tempranas.

El progreso de la medicina y de las condiciones de vida en el siglo XX tuvieron el efecto de mover la curva en el sentido de la compresión, al evitar causas de muerte temprana y agregando años de vida saludables, en plena etapa laboral. La expansión de la curva hacia la derecha, en cambio, evita causas de muerte a edades avanzadas pero esas afecciones (ahora con menor letalidad) pueden dejar secuelas y, en cualquier caso, son años de vida ganados al final del ciclo de vida en edades de baja o nula actividad económica o productividad. Aquí no vamos a desarrollar los cambios en las causas de muerte, ni el origen en las disparidades en la edad de fallecimiento; sin embargo debemos mencionar que avances en la tecnología médica y la desigualdad en el acceso a estas tecnologías de alto costo, pueden tener el efecto de expandir la curva hacia la derecha, profundizando las disparidades y dando sustento a las preocupaciones por un envejecimiento más difícil de sostener.

Cómo no “solucionar” el envejecimiento y cómo convivir con él

¿Corresponde la nueva configuración etaria a la de una población estacionaria (o sea con crecimiento intrínseco nulo) o se mantendrán y profundizarán las tendencias al crecimiento negativo como ya vemos en ciertos países con fecundidad por debajo del nivel de reemplazo (Japón, Italia, España, entre otros)? Todo depende de en qué nivel se estabilice la fecundidad, y la realidad es que no disponemos de antecedentes históricos para saber cómo reaccionan las sociedades después de períodos largos de baja fecundidad. ¿Se estabilizará en los actuales niveles? ¿Habrá un rebote y volverá al nivel de reemplazo, o incluso subirá por encima de éste?

La preocupación que genera el envejecimiento ha llevado a proponer políticas para incentivar una mayor fecundidad en los países en que la TGF cayó debajo del umbral de 2,1 hijos por mujer. Traer a la fecundidad de vuelta al nivel de reemplazo puede moderar el envejecimiento, al detener la caída del tamaño de las nuevas cohortes. Por otra parte, apuntar a llevar a la TGF por encima del nivel de reemplazo (suponiendo que fuera posible cambiar las preferencias individuales en ese sentido) supone apostar al crecimiento poblacional para “resolver” el problema del envejecimiento. [i] Equivale a patear el problema para adelante. La población rejuvenece por el efecto del aumento del tamaño de las cohortes, pero no cambia el hecho de que la estructura etaria intrínseca es la de la curva de supervivencia. Salvo que apostemos al crecimiento perpetuo (que inevitablemente en algún momento va a chocar contra el techo de la capacidad del planeta para sustentarnos, amén de que vamos a tener que volver a invertir en el capital humano de cada vez más niños), tarde o temprano vamos a tener que coexistir con la (auspiciosa) realidad de tener una curva de supervivencia muy elevada.

El proceso de cambio de la estructura etaria es resultado del progreso en la reducción del impacto o la eliminación directa de causas de muerte que mantuvieron por siglos la curva de supervivencia en niveles tan bajos. Es también el resultado del control por parte de las familias, pero más fundamentalmente de las mujeres, de su propia fecundidad. Ambos procesos están inextricablemente unidos, en una relación de ida y vuelta, con el desarrollo económico. Estamos acostumbrados a pensar que la configuración envejecida es problemática porque pensamos en términos de los roles por edad que fueron forjados durante siglos de poblaciones rejuvenecidas a fuerza de alta mortalidad o, más recientemente, a fuerza de elevado crecimiento. Pero aquellos roles pueden cambiar, y están cambiando. El envejecimiento saludable agrega años productivos debajo de la curva de supervivencia y es una contribución directa al sostenimiento de la población, en tanto adecuemos nuestras instituciones (incluido el mercado de trabajo) a esta realidad.

Esta adecuación por supuesto no es sencilla, amén de que está por verse si en el futuro el aumento en la esperanza de vida será motorizado por un movimiento de compresión o de expansión de la curva de supervivencia, es decir, en última instancia, si reflejará un menor o mayor diferencial en el acceso a las mejoras médicas y en las condiciones de vida. Los países en desarrollo tienen todavía camino por recorrer en términos de reducir disparidades, lo que nos permite abrigar esperanzas de que el envejecimiento durante las próximas décadas aún sea saludable.

* Investigador del Centro de Estudios de Población-CENEP. Docente de UNAJ y FCE-UBA.


[a] Para los fines expositivos de esta nota suponemos, como muchas veces lo hace la demografía formal, que la población es cerrada, o sea que no hay flujos migratorios.

[b] Nota curiosa: los términos “fecundidad” y “fertilidad” tienen el significado invertido con respecto a los términos del inglés “fecundity” y “fertility”. Así, la referida Tasa Global de Fecundidad es, en inglés, la Total Fertility Rate. Dado que lo que la TGF (o TFR en inglés) trata de medir es qué tan fecundas (en el sentido de prolíficas) son las mujeres, y no si son biológicamente capaces de concebir (si son fértiles), el uso en español parece más adecuado.

[c] Livi Bacci, Massimo, Historia mínima de la población mundial. Barcelona: Ariel, 1999.

[d] Típicamente el reemplazo generacional se modela para poblaciones de un solo sexo -mujeres- y las proyecciones para la población total se obtienen a partir de multiplicar por un factor que refleja la razón de hombres y mujeres al nacer, más la mortalidad diferencial a medida que mujeres y hombres envejecen. Por esta razón la Figura 1 presenta las curvas de supervivencia sólo para la población femenina.

[e] Para citar una frase favorita de los demógrafos y que refleja que, salvo que alcancemos la inmortalidad, es poco lo que la baja de la mortalidad puede hacer para el crecimiento intrínseco de la población: “Todos nos morimos. Todos nos morimos una sola vez”.

[f] Esta afirmación debe ser moderada: la sobrevivencia posterior puede ser importante para el crecimiento indirectamente, en la medida en que los cuidados parentales contribuyen a la sobrevivencia de los niños. El caso extremo de este razonamiento es la “grandmother hypothesis”, que extiende la importancia de los cuidados a los brindados por las abuelas a los nietos.

[g] Al interesado podemos referirlo a Wachter, K., Essential Demographic Methods, Cambridge: Harvard University Press, 2014.

[h] Esto significa que por cada 100.000 habitantes se agregan en promedio 8 individuos por año. Contrástese con la tasa de crecimiento de la población mundial en 1968, cuando por cada 100.000 habitantes se agregaron en el año 2.070 individuos.

[i] Hasta aquí hemos estado pensando en el crecimiento natural de la población. Hay quienes ven en las migraciones un paliativo, sino directamente un remedio, para el proceso de envejecimiento. Sin embargo, las migraciones también suponen apostar al crecimiento, pues el aporte migratorio se suma al crecimiento natural.

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