La rotación laboral en América Latina

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Por Roxana Maurizio*

El análisis de la dinámica en el mercado de trabajo –que incluye las transiciones entre puestos de trabajo, entrada y salidas desde la desocupación, intermitencia en la fuerza de trabajo– es un tema relevante no sólo para comprender mejor su funcionamiento sino también para evaluar la dinámica del bienestar de los hogares y para contribuir al correcto diseño de las políticas públicas en material laboral.En este sentido, conocer la intensidad con la que rotan los trabajadores resulta altamente relevante en la discusión sobre el grado de “rigidez” de los mercados de trabajo y de las políticas tendientes a su flexibilización.

Otro aspecto particular que brinda el análisis dinámico es el estudio de los efectos que estos movimientos tienen sobre los individuos y sobre sus hogares. Así, por ejemplo,  un incremento en la rotación ocupacional que se produce junto con una elevación del desempleo podría afectar negativamente el bienestar dado que amplía las fluctuaciones de los ingresos y aumenta, por tanto, la incertidumbre de los hogares acerca de la evolución futura de los mismos. Tal situación resulta particularmente dificultosa entre aquellas familias de menores recursos por estar asociada a mayores niveles de vulnerabilidad a riesgos sociales. Asimismo, la inestabilidad laboral puede tener impactos sobre otros indicadores de bienestar de los hogares (adicionales al ingreso), entre ellos: escolarización de los niños, acceso a políticas sociales, movimientos geográficos, etc. Es posible, en cambio, que ciertas transiciones desde la inactividad hacia la ocupación tiendan a reducir las fluctuaciones de los ingresos familiares.

Adicionalmente, desde el punto de vista de los trabajadores, la intermitencia en el mercado de trabajo puede afectar negativamente su carrera laboral como consecuencia de varios factores. Por un lado, la frecuente rotación entre empleos puede atentar contra el grado de integración social de los individuos y suele ser una situación asociada a la baja cobertura de la seguridad social. Asimismo, la elevada intermitencia puede dificultar que el trabajador acumule calificaciones específicas que le permita incrementar su nivel de capital humano total. Por último, la pérdida involuntaria de un puesto de trabajo puede implicar menores probabilidades de encontrar otra ocupación en el futuro y/o remuneraciones más bajas que las que recibía en ese puesto (denominado efecto “scarring”).[1] En estos casos, la movilidad genera un quiebre en la acumulación de competencias y saberes que redunda negativamente tanto en el trabajador como en la sociedad.

Sin embargo, no siempre la rotación laboral es un aspecto negativo o signo de las dificultades en el mercado de trabajo. Por el contrario, la movilidad puede ser voluntaria e implicar mejoras salariales o en las condiciones de trabajo. Por ejemplo, la rotación que experimentan los jóvenes podría estar asociada a las primeras etapas de su carrera donde se producen los movimientos laborales más importantes con el objetivo de alcanzar un puesto acorde a sus calificaciones. La intermitencia en la fuerza de trabajo puede estar explicada por la realización de otras actividades extra económicas como, por ejemplo, el estudio. Asimismo, la movilidad puede implicar patrones virtuosos de difusión de conocimientos que impactan positivamente en la productividad agregada.

Por lo tanto, a priori, una elevada rotación laboral no necesariamente es deseable o indeseable, buena o mala, y su determinación termina siendo una cuestión empírica. Es por ello que en un estudio que estamos llevando a cabo evaluamos, de manera comparada, el grado y los patrones de movilidad en seis países de América Latina: Argentina, Brasil, Costa Rica, Ecuador, Paraguay y Perú. En particular, estimamos la intensidad de las salidas desde un puesto de trabajo, caracterizamos las transiciones más frecuentes, identificamos las diferencias entre países y evaluamos si la movilidad ocupacional implica transiciones hacia estados laborales “buenos” o malos”.

¿Cómo medir la intensidad de las transiciones laborales en la región?

A diferencia de los países desarrollados, en la región no se cuenta con bases de datos longitudinales que permitan seguir a los individuos, y a sus familias, por un largo período de tiempo. Tampoco se tiene acceso a los registros administrativos de la seguridad social.

Sin embargo, en algunos países latinoamericanos existen encuestas a hogares, llevadas a cabo regularmente por sus institutos nacionales de estadísticas, que tienen esquemas rotativos de sus muestras. Ello implica que el total de la muestra es dividido en cierto número de grupos donde cada uno de ellos permanece en la misma una determinada cantidad de observaciones u ondas. Por lo tanto, para estos individuos es posible comparar su situación laboral en al menos dos momentos diferentes del tiempo. A partir de allí es posible construir paneles que, en este caso, son de dos ondas entre las que media un año.

Los países que cuentan con este tipo de encuestas y que, por lo tanto, están incluidos en este estudio son: Argentina (EPH), Brasil (PME), Costa Rica (Encuesta Nacional de Hogares), Ecuador (ENEMDU), Paraguay (Encuesta Continua de Empleo) y Perú (ENAHO). De modo de tener suficiente cantidad de observaciones se construyó para cada país un pool de paneles para los años disponibles desde comienzos de los 2000 hasta el presente. Los datos que se reportan aquí son, por tanto, promedios de ese período.

En base a estos microdatos de las encuestas a hogares se estimaron las tasas de salida desde el empleo a cualquiera de los dos destinos restantes, desempleo o inactividad (alternativa A). Las tasas de salida son computadas como la proporción de trabajadores en el año t que no están ocupados en t+1. Adicionalmente, se incorporan a este indicador los movimientos entre diferentes puestos de trabajo de aquellas personas que permanecen ocupadas en las dos ondas consideradas (alternativa B). O sea, en esta segunda alternativa las salidas son calculadas como la proporción de trabajadores en la ocupación j en el año t que no están ocupados o lo están pero en una ocupación diferente a j en el año t+1.

¿Cuán intensa es la movilidad ocupacional en América Latina?

Como se muestra en el Cuadro 1, cuando se considera la alternativa A no se observan diferencias importantes entre los países. Alrededor del 13% de los inicialmente ocupados salen anualmente del empleo para dirigirse a cualquiera de los otros dos destinos. Por lo tanto, aproximadamente 87% continúan ocupados, sea en el mismo puesto de trabajo u en otro nuevo. Aproximadamente el 4% se dirige al desempleo mientras que 9% sale de la fuerza de trabajo. O sea que, considerando esta alternativa y para el total de los ocupados, no se registran brechas significativas en el grado de estabilidad laboral entre los países. Más aún, estas similitudes se repiten para la mayoría de los grupos de trabajadores definidos a partir de sus atributos personales o del puesto.

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Sin embargo, este panorama cambia significativamente cuando se incorporan al análisis los tránsitos entre diferentes ocupaciones, esto es, al contemplar todas las salidas desde un puesto, tanto las ya comentadas (al desempleo o a la inactividad) como las que se dirigen a otra ocupación. Las tasas de salidas computadas de esta manera (alternativa B) registran un mínimo en Brasil y Argentina (alrededor del 24/28%, respectivamente), seguidos por Ecuador (31%), Paraguay (35%) y, en el otro extremo, por Costa Rica y Perú (41/44%).

De la comparación entre estos valores y los anteriormente mencionados se deduce que entre la mitad y el 70% de las salidas de una ocupación tiene como destino otro puesto de trabajo, siendo éstos los tránsitos en el mercado de trabajo más frecuentes en todos los países aquí considerados. En particular, ellos duplican o triplican las salidas a la inactividad y son entre 4 y 7 veces más altas que los tránsitos hacia el desempleo. La ausencia de sistemas amplios de asistencia al desocupado en la región puede explicar, al menos en parte, las relativamente bajas tasas de entrada a este estado para los que salen de una ocupación.

Resulta dificultoso comparar estos niveles de movilidad con los de los países desarrollados. Como se mencionó, algunos análisis de esta dimensión en varios países industrializados suelen basarse en datos provenientes de las empresas sobre separaciones y contrataciones. En algunos casos se cuenta con cifras de registros administrativos (de la seguridad social o impositivos) que identifican todos los movimientos de asalariados que están inscriptos en dichos registros. Una de las variables usualmente calculada a partir de ese tipo de datos es la proporción de todas las salidas producidas a lo largo de un mes respecto al empleo medio del mismo. Por ejemplo, existen estudios para Estados Unidos a partir de los datos de la Current Population Survey que estiman este indicador.

Sin embargo, la evidencia aquí empleada proveniente de encuestas de hogares, vale recordar, refiere a la proporción de personas que cambian de situación ocupacional entre dos puntos del tiempo entre los que media un año (dado que esta es la “ventana de observación” común entre los países considerados). En tanto ese período fuese de un mes, las tasas calculadas con estas últimas se aproximarían a la que se calculan con los registros. La comparación implica, por tanto, recurrir a mediciones de algunos países que empleen fuentes y procedimientos similares a los aquí utilizados.

Un estudio comparativo entre el Reino Unido y Alemania (Longhi y Brynin, 2009), basado en información de encuestas de hogares, estima que la tasa anual de salida de una ocupación es de aproximadamente 10% para el primero de esos países y de 6% para el segundo. Cabe recordar que los valores para los seis países de la región oscilan entre 24 (Brasil) y 44% (Perú).

De todas maneras, las tasas computadas para los dos países europeos deberían ser más asimilables a las tasas de salida desde el empleo formal de la región en tanto en ese estudio para los países europeos se excluyó a los trabajadores por cuenta propia y la incidencia de la informalidad entre los asalariados es significativamente menor que en América Latina. Considerando, por lo tanto, sólo a los asalariados registrados en la seguridad social, la proporción de ellos que abandona su puesto para dirigirse a cualquier destino varía entre 13% (Argentina) y 33% (Perú).

Por lo tanto, más allá de los problemas de comparabilidad de las fuentes y la escasa cantidad de casos con los cuales contrastar la situación de América Latina, resulta marcada la mayor inestabilidad en la región tanto por la menor presencia de trabajo formal como porque la tasa de salida de este segmento es igualmente superior en la región respecto del mundo desarrollado.

A su vez, si bien escapa a los objetivos de esta nota, resulta interesante analizar las causas de las diferencias en la intermitencia laboral de los asalariados formales entre los países aquí considerados. Ellas pueden deberse, entre otros, a factores macroeconómicos o sectoriales pero también a la legislación laboral. En ese sentido el caso peruano resulta de particular interés por cuanto aproximadamente la mitad de los asalariados registrados tiene un contrato temporario (en Argentina y Brasil ese porcentaje es de alrededor del 3%). Ello, a su vez, refleja, al menos en parte, la extrema facilidad que la legislación en Perú otorga a los empleadores para contratar a tiempo determinado.

¿Cómo interpretar normativamente estas transiciones? ¿Son “buenas” o “malas”?

Como ya se mencionó, se observa un panorama relativamente común en los seis países en cuanto a la intensidad de salidas desde el empleo al desempleo o a la inactividad. En conjunto, ambos destinos explican una porción significativa de los tránsitos totales: desde un tercio en Costa Rica y Perú, 40% en Paraguay y Ecuador, hasta 45% en Argentina y Brasil (Gráfico 1).

Las salidas desde una ocupación al desempleo dan cuenta, en general, de tránsitos hacia un estado peor que el anterior, aunque el empleo del cual proviene se caracterice por condiciones laborales precarias y/o bajas remuneraciones. Ello es todavía más notorio en países como los de la región que no cuentan con sistemas de asistencia al desocupado de amplia cobertura. Menos evidente, sin embargo, es la interpretación normativa de las salidas a la inactividad dado que no se conocen los motivos de dichas transiciones.

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De todas maneras, como ya fue mencionado, el destino más habitual en estos países para aquellos que salen de una ocupación es otro puesto de trabajo. Por lo tanto, resulta interesante analizar las características de la posición a la que arriban. Para ello, se diferencia entre “buenos” y malos” puestos de trabajo.

Los primeros incluyen a los asalariados formales, los trabajadores por cuenta propia profesionales y los patrones mientras que los segundos incluyen a los asalariados informales, los trabajadores por cuenta propia no profesionales y los familiares sin remuneración. Los trabajadores del segundo grupo no sólo tienen ingresos laborales promedios inferiores al del primero (Gráfico 2), sino que también adolecen de falta de cobertura de la seguridad social y los ingresos que generan les hace más dificultoso acceder a seguros de salud y/o retiro. Además otros aspectos de las condiciones laborales son relativamente peores en el segundo grupo de ocupaciones (tales como trabajo en la calle, horarios extendidos y/o poco estructurados, o prácticamente nula posibilidad de agremiación).

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Cuando se hace esta diferenciación resulta notable que, salvo en Brasil y Costa Rica, en los cuatro países restantes la mayor parte de las transiciones son hacia el segundo grupo de ocupaciones, explicando entre el 60% y 70% de las mismas. Si bien en aquellos dos países estos porcentajes son más bajos siguen siendo significativos, del orden del 40%.

Si le sumamos a este grupo aquellos que salen al desempleo se llega a que una porción muy elevada de trabajadores que dejan un puesto experimentan una transición hacia un estado “malo”: 52% en Argentina, 33% en Brasil, 35% en Costa Rica,46% en Ecuador, 63% en Paraguay y 56% en Perú.

Sin embargo, estos valores promedio difieren marcadamente entre los trabajadores. Por ejemplo, mientras el 60% y 80% de los asalariados formales que salen de su ocupación van a otra formal o se transforman en cuenta propia profesional o patrón, ese porcentaje es significativamente más bajo en el caso de los informales. En particular, en Argentina, Paraguay y Perú menos del 20% de estos trabajadores experimentan una transición de este tipo, un cuarto en Costa Rica y Ecuador y 45% en el caso de Brasil.

Dada la “dependencia a las condiciones iniciales” buena parte de estas transiciones reflejan la estructura inicial del empleo caracterizada por una elevada incidencia de la informalidad y del cuentapropismo no profesional.

Estos resultados generan algunas reflexiones finales. Por un lado, el panorama de elevada movilidad laboral en la región no parece estar reflejando, mayormente, una situación de búsqueda de mayor eficiencia asignativa en donde los individuos transitan en un marco de una carrera laboral ascendente y de aumentos de la productividad. Si bien ello puede ser así para los trabajadores mejor posicionados no lo es para aquellos en situaciones más precarias que, en algunos de estos países constituyen gran parte de la fuerza laboral.

Por otro lado, como fue mencionado, estos resultados deberían ser considerados a la hora de debatir sobre la necesidad de una mayor flexibilidad laboral en mercados aparentemente muy rígidos. En este sentido, vale recordar que la década de los noventa estuvo caracterizada por reformas laborales flexibilizadoras en buena parte de la región con resultados poco favorables o directamente negativos tanto en lo que hace al aumento de la elasticidad empleo-producto como al incremento de la formalidad.

Por último, la falta de esquemas amplios de protección social en la región implica que un elevado porcentaje de individuos, y probablemente sus familias, transite entre situaciones de bajos ingresos y falta de éstos, con consecuencias negativas importantes sobre el bienestar presente y futuro.

[1] Beccaria el al. (2016).

* La autora es Investigadora del Instituto Interdisciplinario de Economía Política (IIEP-BAIRES). Investigadora Adjunta del CONICET.

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