Memorias congeladas, historias del capitalismo: de la fiebre del oro a la fiebre del cine

Por Andrés López*

Una película notable

Hace poco vimos la extraordinaria “Dawson City, Frozen Time” (2016) –de aquí en más DCFT-, dirigida por el estadounidense Bill Morrison. Si la googlean, verán que se la clasifica como un documental, lo cual es cierto, aunque también una camisa de fuerza; en todo caso, si es un documental, lo es de un modo muy poco convencional, como podrán comprobar si siguen leyendo.

La película parte de un hecho insólito (y emocionante para quienes amamos el cine): el descubrimiento, en 1978, de cientos de rollos de películas mudas (muchas de ellas se creían perdidas, incluyendo algunas de maestros como D. W. Griffith o Tod Browning), enterradas debajo del permafrost de un pueblo llamado Dawson City, ubicado en el territorio del Yukón, en el Noroeste de Canadá, muy cerca de la frontera con Alaska. Aparentemente el cine era muy popular en Dawson en las primeras décadas del siglo XX, algo no extraño considerando que la temperatura máxima promedio anual es de 2°C y la temperatura diaria promedio -4°C (cambio climático mediante suponemos que hace 100 años hacía incluso más frío).

Tras un comienzo breve en donde se describe este descubrimiento, la película nos lleva a un fascinante viaje por la trayectoria de Dawson City, la cual fue epicentro de uno de los episodios de “fiebre del oro” más conocidos de la historia (la llamada Klondike Gold Rush), que comenzó en 1896 y terminó para 1899. Este episodio fue luego usado en un montón de películas, algunas notables, como La Quimera del Oro (Charles Chaplin, 1925) o The Far Country (Anthony Mann, 1954), y dio lugar a gran cantidad de libros y artículos que exploran diversas facetas del fenómeno (adicionalmente, Jack London estuvo ahí un tiempo y varios de sus cuentos famosos se inspiran en su experiencia en Klondike).

DCFT no solo cuenta el breve auge y larga decadencia de Dawson City, sino también parte de la historia de las primeras décadas del cine y, a través de ellas, del propio Siglo XX. Hay tantas dimensiones notables en la película que sería necesaria una nota muy larga para explorarlas (y una mayor expertise en crítica e historia del cine de las que tengo, para mi pesar), pero vale la pena mencionar apenas tres:

  1. DCFT está casi enteramente compuesta a partir de escenas de las películas recuperadas, cuyas imágenes no siempre bien conservadas, que originalmente sirvieron a las tramas de dichas películas, son usadas para ilustrar metafóricamente lo que se va contando en la narración; se emplean además unas magníficas fotos de la época (también muchas de ellas recuperadas de casualidad gracias a la mudanza de una pareja de vecinos) y algunas tomas de films caseros, cortometrajes, noticiarios y documentales de la Edison (el cine apenas nacía y la fiebre del oro era un tema demasiado atractivo, así que no es de extrañar que los camarógrafos también viajaran a Klondike);
  2. Siguiendo el modelo de las películas mudas, no hay voiceover conduciendo la narración (apenas hay algunos minutos con personas hablando en entrevistas al comienzo y al final), sino solo intertítulos, mayormente informativos;
  3. En las entrevistas –pueden ver algunas acá y acá– queda claro que el director concibe su obra como una crítica de la voracidad del capitalismo, de la gran minería (incluidos sus impactos sobre el ambiente y los pueblos originarios, que fueron desplazados de sus territorios nativos por los mineros) y, en general, de las promiscuas relaciones entre política e intereses empresarios. Sin embargo, la película no grita sus “verdades”, sino que en general deja que las imágenes y los datos que se incluyen en la narración hablen (y como dice Godard, “que cada ojo negocie por sí mismo”); para ello emplea un punto de vista y unas técnicas de edición muy creativas y en, muchas ocasiones, poéticas (la banda sonora de Alex Somers, que ha trabajado en varios discos del grupo islandés Sigur Ros, también ayuda en ese sentido).

Siete reflexiones a partir de DCFT

Ahora bien, el/la lector/a dirá: ¿estoy en Alquimias Económicas o en un blog de cine? Como tengo que inventar una excusa para hablar de esta notable película en este espacio, van una serie de comentarios que me despertó su visión con un pie en la economía:

  1. El darwinisimo en acción. Cuando aparecen las noticias de que hay oro en abundancia en alguna región hay que moverse rápido. El primer descubrimiento de oro cerca de Dawson ocurrió en agosto de 1896 y las noticias del mismo llegaron a Seattle en julio del siguiente año. Se estima que entre ese momento y mediados de 1899 alrededor de 100 mil personas intentaron llegar a Dawson (no es raro entonces que en algunos momentos el camino pareciera la calle Florida en sus días de esplendor, como ilustra la imagen que encabeza esta nota); sólo lo lograron 30 mil, algo lógico dada la dureza del viaje y del camino. La mitad de ellos iban a buscar oro (el resto a proveer de bienes y servicios a los buscadores de oro); de esos 15 mil, 4 mil encontraron oro, y unos pocos centenares se hicieron ricos. Cuando en julio de 1899 llegó la noticia de que había oro en Nome (Alaska), 8000 de las personas que habían arribado a Dawson buscando fortuna sin alcanzarla salieron del pueblo hacia Nome en apenas una semana (Allen, 2007). Para 1902 había solo 5000 habitantes en Dawson. Hoy quedan poco más de 1000.
  2. El espíritu de empresa no es puro cuento. Durante la Klondike Gold Rush se movilizaron 100 mil personas para hacer un viaje lleno de peligros (el hambre, el frío, las enfermedades, los peligros de desprendimientos y avalanchas de nieve y rocas, los delincuentes) y muy caro (la Policía Montada de Canadá requería que los viajeros llevaran el equivalente a un año de provisiones con ellos, sin contar con las inversiones relacionadas con la propia búsqueda del oro o el montaje de negocios asociados). Las posibles recompensas, claro, eran enormes, y no solo para los buscadores de oro: antes de fin de siglo la ciudad estaba llena de teatros, saloons, casinos, burdeles y todo tipo de negocios para abastecer a los cazadores de fortunas y hacer sus días y noches más llevaderos.
  3. Los encadenamientos locales de los booms de recursos naturales. En las fiebres del oro (y en general en los booms de recursos) es factible ganar mucho dinero proveyendo bienes y servicios en las zonas del boom, sin ser minero. El abuelo de un ex presidente de los EEUU construyó así su primera fortuna durante la Klondike Gold Rush (para enterarse de quien fue, tienen que seguir leyendo un poco más). Aunque a menor escala en términos de posterior notoriedad del apellido y niveles de riqueza, ese también fue el caso de Sid Grauman, quien arrancó en Dawson leyendo noticias en voz alta para el público local y armando algunos eventos de entretenimiento, para luego fundar el famoso Chinese Theatre en Hollywood. Por supuesto, en otras fiebres del oro pasaron cosas similares: un señor llamado Levi Strauss también comenzó su negocio textil en el escenario de la fiebre del oro en California a mediados del siglo XIX. Philip Armour, futuro magnate de la industria frigorífica, arrancó asimismo en la misma época y lugar con una empresa que manejaba las compuertas que regulaban los cursos de agua que atravesaban el territorio minero.
  4. Primero viene la actividad productiva y luego se mejoran las instituciones[1] y la infraestructura. Al ver DCFT uno se pregunta cómo se organizaba la protección de los “derechos de propiedad” en este tipo de episodios; repentinamente, en un lugar en medio de la nada, aparecen miles de personas buscando oro, con una débil o nula presencia local de las organizaciones (justicia, policía) que deben velar por aquellos derechos (este es uno de los temas principales de la mencionada película de Anthony Mann, The Far Country). El citado trabajo de Allen (2007) ensaya una explicación. Antes de la fiebre, existía una institución informal, los “miners meetings” que investigaban y decidían sobre disputas en torno a los derechos sobre las propiedades mineras; bajo la ley canadiense, los buscadores debían obtener una licencia para explorar en un determinado territorio y, si encontraban un lugar apropiado, tenían que hacer una “reclamación” sobre el mismo, algo que por supuesto da lugar a potenciales conflictos en torno al tema “quien llegó primero”, ya que hablamos de territorios remotos, inexplorados previamente y casi deshabitados. Sin embargo, cuando todavía la población en busca de oro era pequeña, parecía predominar la confianza mutua y los crímenes y la violencia eran esporádicos. Por cierto, esto comenzó a cambiar radicalmente con la llegada de miles de nuevos habitantes y la creciente avidez por encontrar oro (y el deseo de conservarlo a toda costa frente a terceros hostiles); para enfrentar el nuevo escenario, el número de efectivos de la Policía Montada canadiense pasó de 20 a 288 entre 1894 y 1898 (Allen, 2007). Por otro lado, para llegar a Dawson City inicialmente había dos pasos, ambos muy difíciles y llenos de peligros (uno de ellos adquirió el sobrenombre de Dead Horse Trail; se estima que allí fallecieron 3000 caballos, por falta de comida, excesivos esfuerzos y accidentes, durante las travesías entre 1896 y 1899). En abril de 1898 (menos de un año después de que las noticias del oro llegaran a Seattle) se funda la White Pass & Yukon Railroad Company. La construcción comenzó en mayo y en julio de 1899 el ferrocarril ya estaba operando.
  5. Cadenas de valor. ¿Por qué las películas terminaron enterradas en Dawson City? Porque era el destino final en la cadena de exhibición en América del Norte. Muchas películas llegaban al pueblo luego de haber sido exhibidas en ciudades más grandes o menos remotas; una vez que terminaban su vida útil comercial, para las distribuidoras y productoras no tenía sentido económico mandarlas a buscar. Por tanto, fueron acumulándose miles de rollos en Dawson City. Estos rollos no solo ocupaban lugar, sino que implicaban potenciales riesgos de incendios, ya que estaban hechos de un material que contenía nitrato, el cual es altamente inflamable (es por eso que tantas películas antiguas se han perdido en incendios a lo largo de la historia). Por ello, muchos rollos terminaron en el río, mientras que otros fueron quemados deliberadamente. Por suerte, un banquero que era tesorero de la Dawson Amateur Athletic Association tuvo una idea brillante en 1929; llevar los miles de rollos que se acumulaban en la biblioteca local para rellenar y nivelar el terreno sobre el cual se había construido una pista para hockey sobre hielo (que a su vez había sido antes una pileta de natación). Allí no solo cumplían una función “útil”, sino que no corrían riesgo de incendiarse. Afortunadamente, y de manera azarosa, una máquina de excavación dio con ellos cinco décadas más tarde.
  6. ¿Hay vida tras la fiebre del oro? La fiebre del oro fue protagonizada básicamente por individuos aventureros en busca de fortuna, y tuvo una vida muy corta (una vez que no hubo más oro para reclamar); esta fase “democrática” de la actividad requería relativamente pocas inversiones, ya que el oro era de fácil disponibilidad en depósitos superficiales. Pero una vez que se agotan estas reservas, se requieren otras tecnologías y mayores inversiones si se quiere aprovechar el material más difícil de extraer. A comienzos del Siglo XX la actividad estaba ya concentrada en unas pocas grandes empresas y para 1927 una empresa, la Yukon Consolidated Gold Corporation, había comprado todos los emprendimientos previamente existentes, convirtiéndose en la única productora de oro de la zona. Para ese momento, la actividad se había transformado en intensiva en capital (usaban grandes dragas que extraían materiales conteniendo oro del fondo de los cursos de agua). Esto implicó que la minería en el territorio demandara cada vez menos mano de obra –contribuyendo al despoblamiento- y generara impactos ambientales severos (algunas imágenes tomadas desde el aire muestran las transformaciones grotescas que sufrió el paisaje de la zona como consecuencia de la actividad de las dragas).             
  7. Cuando la fiebre y el oro se terminan, la historia se puede convertir en un negocio. Ya para fines de los 20 la fiebre del oro de Klondike se había convertido en parte de la mitología de América del Norte y en las temporadas estivales llegaban barcos con turistas, que exploraban los sitios históricos e incluso tenían oportunidad de encontrarse con algunos de los protagonistas y sobrevivientes de aquellas épocas. Aunque hoy ya no es posible este contacto, el turismo sigue llegando a la ciudad. Luego de ver DCFT me dieron ganas de ir también.

Si bien, como dije antes, el director Bill Morrison tiene postura tomada sobre el tema que trata, DCFT deja que cada uno arme su propia conclusión. Habrá quienes se asombren por la trepidante muestra de espíritu empresarial desplegado durante la Klondike Gold Rush. También quienes confirmen que cuando las ganancias potenciales son elevadas, siempre habrá una oferta de gente dispuesta a aprovecharlas aun cuando los riesgos, incluso físicos, sean también muy altos. Otros se quedarán con las consecuencias de la minería sobre el ambiente, con el desplazamiento de los pueblos originales, o condenarán un orden social regido por la búsqueda desenfrenada del interés material. Finalmente, DCFT nos sugiere que no todos los booms de la minería son iguales, ni en su génesis y evolución, ni en sus impactos, en particular porque las condiciones institucionales y la disponibilidad de capacidades pueden diferir dramáticamente, y porque las propias características de los recursos mineros también condicionan la clase de explotación que se realiza. Recursos naturales, bendición o maldición, un debate interminable, que podemos examinar desde muchos puntos de vista, incluido el arte por supuesto.

Tres datos de color (amarillo)

  1. La resiliencia de las ciudades. Entre 1897 y 1900 hubo cuatro incendios que sucesivamente destruyeron diversas partes de la ciudad. La cosa mejoró luego porque rápidamente se creó el departamento de bomberos (que tiene su museo hoy en día) y se mejoraron la infraestructura y las técnicas de construcción. Pero cada tanto nuevos incendios continuaron azotando la ciudad. Y sin embargo ahí siguieron, reconstrucción tras reconstrucción. La vida es perseverante, al menos en algunos lados.
  2. El cineasta como detective. Entre los materiales recobrados en Dawson se encontraban algunas imágenes de la Serie Mundial de Baseball de 1919. Esa serie cobró importancia histórica porque los jugadores de uno de los equipos (los Chicago White Sox) hicieron un arreglo con algunos apostadores (aparentemente liderados por el legendario mafioso Arnold Rothstein) para ir a menos contra su rival, los Cincinnati Reds. Morrison logró encontrar, analizando las imágenes en cámara lenta, evidencia inédita sobre acciones puntuales que muestran como esos jugadores no ponen todo su esfuerzo en ciertas jugadas (en su momento el arreglo ya había sido descubierto y los jugadores condenados, pero aparentemente nunca se habían encontrado pruebas fílmicas). Morrison adicionalmente comenta que los jugadores de baseball por esa época no estaban bien pagados y, por tanto, eran más proclives a entrar en arreglos ilegales; miserias del temprano capitalismo deportivo.
  3. El origen de dos grandes fortunas americanas. Un tal Solomon Guggenheim fundó a comienzos del siglo XX la Yukon Gold Company, una de las grandes empresas mineras que se consolidaron en la zona cuando terminó la fiebre; pregunta al pasar ¿los militantes anti-minería que visitan el museo o se benefician de los recursos de la fundación del mismo nombre, ambas iniciativas de Don Solomon, estarán al tanto del origen de esa fortuna?  Para ser justos, Guggenheim ya tenía mucho dinero porque había trabajado en los negocios mineros de su familia; en Yukón creó su propia empresa e hizo todavía más dinero. Otro gran apellido del mundo de los negocios de los EEUU también armó su fortuna en Klondike: el inmigrante alemán Frederick Trump estableció un restaurant y un burdel en 1898 en un pequeño pueblo por el cual pasaba un camino usado por aquellos que iban en busca del oro hacia Dawson City. De allí salió rico; su nieto, lamentablemente, no resultó tan culto como Solomon Guggenheim.

Fiebres de Internet, memorias del futuro

Las fiebres del oro del presente no se desarrollan en lugares remotos, ni requieren viajes peligrosos. Con una computadora, buena conexión a Internet y algunas habilidades de programación, cualquier persona con ánimo emprendedor puede buscar fortuna sin arriesgar su vida ni su salud ni sus propiedades. Son fiebres menos épicas que las del pasado; el tiempo dirá si las producciones artísticas que se inspiran en ellas son más o menos valiosas que las que narraron episodios como los de Dawson City.

Las memorias que estarán a disposición de los habitantes del futuro, almacenadas en refrigerados data centers, serán mucho más diversas y se conservarán de forma más fiable que las exhibidas en DCFT. Sin embargo, esa diversidad puede verse amenazada por la propensión a la censura de los tomadores de decisión y por los algoritmos que deciden lo que se nos presenta a la vista y lo que queda oculto. A la vez, la “veracidad” de esas memorias siempre estará a merced de la tentación de los gobiernos de crear nuevas versiones de la historia “a medida” y de los deseos de manipular la realidad de los múltiples grupos de interés que habitan la sociedad. Finalmente, tanta diversidad también atenta contra la atención de la audiencia; en ese océano de información y contenidos, es cada vez más difícil encontrar y distinguir lo valioso, lo interesante y lo auténtico del resto de las cosas que circulan por las arterias de la WWW. Me pregunto entonces ¿Habrá lugar todavía en el futuro para descubrimientos inesperados y excitantes como el ocurrido en el permafrost canadiense en 1978? ¿Cuantos tesoros quedarán ocultos bajo el permafrost de Internet? ¿Cómo serán las memorias congeladas del Siglo XXI?

Acá la playlist para acompañar la nota.

¡Y VEAN LA PELICULA!

* IIEP, UBA-CONICET.

Referencias

Allen, D. (2007). “Information Sharing During the Klondike Gold Rush”. The Journal of Economic History, 67(4), 944-967. doi:10.1017/S0022050707000459

Clay, K y G Wright (2012), “Gold Rush Legacy: American Minerals and the Knowledge Economy”, en D. H. Cole y E, Ostrom (eds.), Property in Land and Other Resources, Lincoln Institute.


[1] Clay y Wright (2012) argumentan que la fiebre del oro en California a mediados del siglo XIX dejó como uno de sus legados un ordenamiento de derechos de propiedad que luego propulsó el escalamiento de la actividad minera en la región.

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