Historia, evolución y alimentos – Bioeconomía 1

Por Guillermo Anlló*

* Esta pretende ser la primera de una serie de notas introductorias a la Bioeconomía *

Hace casi 2 millones de años el ser humano (o lo que, evolutivamente, devendría en el hombre, tal cual lo conocemos hoy día) comenzaba a dominar el fuego y, con ello, a cocinar sus alimentos. Al menos, así lo señala el antropólogo inglés Richard Wrangham, en su libro “La captura del fuego: Cómo cocinar nos hizo humanos”, en contra de las evidencias que recogen otros antropólogos, datando mucho más acá el momento en el que comenzamos a dominar el fuego. Lo relevante de su afirmación no es la mera curiosidad científica o el debate, sino que según su teoría los seres humanos no habrían evolucionado sin dominar primero al fuego para luego poder cocinar los alimentos. La diversa mitología existente claramente venera al fuego en sus orígenes, lo que señala que siempre hubo una comprensión sobre su relevancia en el proceso evolutivo.

En algún momento por aquellos años, nuestro tracto intestinal, evolutivamente, se hizo mucho más pequeño que en los monos, por lo que no podríamos haber sobrevivido ya sólo de alimentos crudos. Wrangham sostiene su argumento en base a que con la cocción se aumenta la cantidad de energía que obtenemos de los alimentos. Esto ocurre, en parte, por un aumento en la proporción del alimento que se digiere (en lugar de pasar por el intestino sin ser digerido correctamente) y, también, a partir de una disminución en la cantidad de energía que el cuerpo tiene que utilizar para digerir los alimentos (los chimpancés pasan cerca de 6 horas diarias masticando sus alimentos, los que les deja muy poco tiempo para otras cosas). Este aumento de la ganancia neta de energía –más ahorro de tiempo- les permitió a nuestros antepasados tener más hijos, luchar mejor contra las enfermedades, vivir más tiempo, viajar más y tener cerebros más grandes. Las personas no pueden sobrevivir comiendo sólo alimentos crudos silvestres porque no proporcionan suficiente energía. Esto significa que el ser humano es diferente de cualquier otro animal, porque se ha adaptado biológicamente para convertirse en especialista en comer alimentos cocinados. La razón para esta adaptación, según Wrangham, fue que, después de que nuestros antepasados comenzaron a cocinar sus alimentos, no necesitaron más tener un intestino enorme y evolucionaron a intestinos más pequeños, y al hacerlo ahorraron energía que pudieron destinar a otros fines (como el alimentar un cerebro más grande, y con mayor demanda energética). Así es que hemos evolucionado hacia una boca pequeña, con dientes pequeños, mandíbulas débiles y pequeños intestinos. El argumento del antropólogo continúa con la idea, ya que, después de convertirnos en humanos, hace aproximadamente 2 millones de años, nuestro cerebro siguió aumentando de tamaño, en parte por comer alimentos cocinados. Cocinar también impuso una nueva distribución de los alimentos; el hábito de los individuos reunidos alrededor del fuego para comer probablemente ejerció presión sobre las emociones sociales, fomentando temperamentos más tranquilos y pacientes. Es decir, uno de nuestros primeros esfuerzos por manipular la naturaleza e intervenir sobre ella (los orígenes de la biotecnología), tuvieron impactos tan fuertes como la selección de un sendero evolutivo hacia un mayor cerebro y un cambio en los hábitos sociales y, con ello, del entorno y realidad cotidiana que existía para nuestros antepasados.

Por su parte, el historiador Robert McElvaine, en su libro “Eve’sSeed. Biology, theSexes, and theCourse of History”, intenta describir la historia de la humanidad durante los cinco mil años previos a la aparición de la memoria escrita, para lo que debe recurrir a la ayuda de otras disciplinas, como ser la antropología, la arqueología, el estudio de las religiones y la mitología y, sin dudas, la biología. A continuación transcribo un párrafo de su introducción, que me parece sumamente relevante en función del impacto evolutivo relativo al dominio de lo “biológico”:

“The invention of agriculture (including the keeping of animals as well as the purposeful growing of plant food) reshaped human life in such essential ways that it should be seen as the first of two “megarevolutions” in human history. It “dis-placed” (took away their place in society) men by undermining the value of what they had traditionally done, especially hunting. At the same time it “re-placed” (put into a new position in society) women by fundamentally altering the relationship between resources and population. It did so in such a way that substantial population growth became desirable and women were obliged to give up most of their previous role in production and concentrate much more on reproduction. Men, in need of new roles, sought to take over roles previously identified as female. Today, some five centuries into a second megarevolution based on increasing mobility (both social and spatial) and a consequent reconceptualization of the world as a marketplace, it is women who are seeing a traditional role undermined. Extraordinary advances in productivity and medicine have so increased population that we now find ourselves, in one important respect, returning to a situation similar to that before agriculture: the environment’s capacity to support human population has nearly been saturated. This development means that women are no longer called upon to spend so much of their lives in child-bearing and child-raising. “There is no longer a single country in Europe where people are having enough children to replace themselves,” the New York Times reported in 1998. 14 Women, in short, have now been “dis-placed,” albeit to a lesser degree than was the case with men in the wake of the development of agriculture. As men did thousands of years ago, women today are seeking new roles by entering occupations that had been reserved for the other sex. This, in turn, has once again threatened the status of men, many of whom are reacting in ways similar to those of their very distant forefathers.”

Sin dudas, afirmaciones que se prestan para mucho debate … que no deseo llevar adelante acá, pero si me interesa que rescatemos que, nuevamente, el dominio (o los intentos por) de los ciclos de organismos vivos para adaptarlos a las necesidades humanas derivaron en consecuencias tales que no sólo permitieron el avance de la civilización, sino que tuvieron consecuencias enormes sobre cómo se llevaba adelante la vida hasta entonces, hasta el punto de modificar roles sociales y demandar toda una nueva institucionalidad –entendida como reglas de juego y conductas de los individuos, explícitas e implícitas-.

Bastante más acá en el tiempo, entrando en la edad contemporánea, dentro del conjunto de cuestiones que llevaron a que Revolución Industrial sucediera –y, con ella, la imposición del sistema capitalista-, se destacan las innovaciones introducidas en la producción agrícola-ganadera, mejorando la productividad de las tierras (es decir, mayor cantidad de producto como resultado de igual o menor esfuerzo por hectárea explotada). El hecho de poder disponer de mayor cantidad de alimentos con menos manos de obra llevó al doble efecto de, por un lado, alimentos más baratos, habilitando a que una parte del ingreso/salario pudiera destinarse al consumo de otros bienes; por el otro, mayor cantidad de mano de obra disponible para destinar a la fabricación/industria (ya que no eran necesarias en el campo para garantizarse su subsistencia). Nuevamente el avance del hombre sobre la naturaleza para modificarla en su provecho (o, quizás mejor dicho, para intentar dominarla), tuvo consecuencias tales que condicionaron la evolución de la humanidad.

En síntesis, nuestra evolución se encuentra indisolublemente atada a la domesticación de los alimentos -como fuente de energía- y a la energía -como tal- lo que, a medida que fue sucediendo, derivo en cambios sociales de enorme trascendencia y magnitud. Hoy, todo ello transcurre a través de la biotecnología. Es decir, la biotecnología está marcando nuestro futuro evolutivo.

Desde una visión evolucionista, el pasado condiciona el futuro –en la lógica del efecto mariposa sobre la teoría del caos-. Teniendo en cuenta que hoy somos el resultado de diversos hechos que sucedieron en el pasado y que, muchos de ellos –por no decir los más trascendentes, en términos de consecuencias futuras- estuvieron vinculados a la intervención del hombre sobre la naturaleza, en un intento por controlar cada vez más el ciclo natural de reproducción de los seres vivos, es importante hacer un pequeño ejercicio de prospectiva para imaginar qué puede pasar en el futuro, sobre todo ahora que la biotecnología viene avanzando a paso firme. Pero eso, lo dejo para otro post.

*Lic. en Economía (UBA, 1996), Magister en Ciencia, Tecnología y Sociedad (UNQ, 2004), Doctorando en Ciencias Políticas (UNGSM, Tesis pendiente). Docente/investigador del Instituto Interdisciplinario de Economía Política- UBA/CONICET (IIEP) y Sub-director de las Maestrías en Economía y Relaciones Económicas Internacionales en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA (FCE-UBA).

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