Un mundo en expansión – Bioeconomía 2

* Esta es la segunda de una serie de notas introductorias a la Bioeconomía *

bieconomia AE

Por Guillermo Anlló*

Hace unos meses atrás, en este otro post, hacíamos mención a lo relevante que había sido para la evolución de la humanidad –desde nuestros antepasados pre-históricos, hasta la era moderna- la domesticación de lo biológico, y dejábamos pendientes intentar imaginar el impacto que el agotamiento de ciertos recursos naturales más el manejo de lo biológico podían depararnos a futuro. Pensemos, entonces, por un momento qué mundo nos espera los próximos 50 años.

A principios de siglo, la población mundial mostraba, por primera vez, indicios de un crecimiento acelerado y superaba claramente la barrera de los 1.000 millones de habitantes (se estima que éramos unos 1.600 millones de habitantes). Desde ese momento, la población nunca dejó de crecer. A fines de octubre del 2011, Naciones Unidas ungía a una beba nacida en Filipinas como el habitante 7.000 millones del planeta. Las proyecciones demográficas más recientes plantean que, para el año 2030 (tan sólo dentro de 15 años) seremos 9.000 millones de habitantes (mil millones más por década) y que, finalmente, alcanzaremos los 12.000 millones antes de cambiar de siglo -cifra en torno a la cual se supone se estabilizará el crecimiento poblacional-. Obviamente, todas estas cifras no son inocuas en términos de consecuencia para la sustentabilidad futura del planeta.

Es decir, el futuro viene con una certeza bajo el brazo: nada será como era. El cambio climático, el agotamiento de los recursos naturales, nuevas enfermedades, y algunas otras previsiones tienen como una de sus causas la acción del hombre.

Por el lado del crecimiento demográfico, muy sintéticamente, China (Mafalda tenía razón en temerles… esperemos que nunca salten todos al mismo tiempo) e India son los principales responsables de los cambios que estamos experimentando –al menos, hasta el 2050; las proyecciones señalan que el próximo gigante será el continente africano, volviendo el centro del mundo al origen de la humanidad.

Hoy, aquellos dos países explican -ellos solos- un tercio de la población mundial y si se le añaden los países aledaños, habremos contabilizado más de la mitad. Pero no sólo vienen incrementando su población, sino que el progreso de la era moderna los alcanzó finalmente. Ambos países están viendo salir de la mayor de las pobrezas a su población media -como ejemplo, vean el minuto 6:45 del video de una entrevista al Ministro de Relaciones Exteriores de la India, donde hace mención a la cantidad de millones de indios que abandonan la pobreza cada año y el informe de Mckinsey sobre el crecimiento de la clase media China-, lo que lleva a ingentes poblaciones a sumarse al tipo de consumo occidental diariamente. Las advertencias sobre la posibilidad de sostener ese aumento poblacional, con el actual estilo de vida occidental, no son muy alentadoras. Es decir, nuestro planeta no alcanza, lo que implica un desafío doble para la población mundial –ya que difícilmente se logre una solución si sólo se trabaja sobre una de las puntas del ovillo-: hace falta modificar los hábitos de consumo hacia modelos más sustentables y responsables, por un lado, al tiempo de incrementar la oferta de bienes, también responsable y sustentablemente, por el otro.

La población mundial crece debido a que se han reducido las tasas de mortalidad infantil y se ha prolongado la esperanza de vida. Es decir, menos muertes al comienzo y más tiempo en el mundo llevan a que el volumen poblacional se incremente; a pesar de que siguen existiendo grandes inequidades y enormes bolsones de pobreza, el mundo se ha desarrollado y la mayor parte de la población mundial está mucho mejor que hace dos siglos atrás.

Asia (y, probablemente, África en un futuro cercano), está recorriendo un proceso de modernización e industrialización que ha llevado a que gran parte de su población rural migre del campo (donde antes se autoabastecían) a las ciudades dónde, si bien, por un lado contribuyen a la producción y crecimiento económico de esos países -al tiempo que aspiran a un ascenso social-, se han vuelto nuevos consumidores ávidos por adquirir bienes y servicios (dando lugar a una creciente demanda por alimentos con mayor elaboración ya que, junto al autoabastecimiento, perdieron el tiempo para la cocina).

Si bien no toda la población que migró del campo a la ciudad mejoró su condición social, un nutrido grupo pudo volverse “clase media” -o “nuevos ricos”-. En estos casos, su demanda por alimentos también se modificó, hacia gustos más sofisticados, mutando del consumo de proteína verde (vegetales), hacia proteínas rojas (carne) y blanca (lácteos), las que implican mayores transformaciones de energía. Existen muchas películas y documentales fílmicos sobre la problemática de los alimentos –en general, bastante más alarmistas que la realidad- que, de alguna manera, tienen fuerte vinculación con los temas que aborda la bioeconomía, ya que agregan el desafío de que no sólo se produzca suficiente para alimentar a la población creciente, sino que se garantice que lo que viene en el alimento sea algo nutritivo y sano -hace unos años, el suplemento RADAR de Página 12 publicó una reseña de varios de estos documentales-.

Ante este escenario, en algunas agendas de gobierno, cada vez con más fuerza, está comenzando a aparecer la Bioeconomía. Ahora bien, ¿qué es la Bioeconomía? En principio, sería bueno desglosar el término entre su componente biológica y su componente económica. Cuando estudiaba en la Facultad, en el reverso de los apuntes que vendía el centro de estudiantes había una frase que decía “Economía: La administración eficiente de los recursos escasos”. No voy a empezar acá a tratar de definir la economía y discutir la completitud de esta afirmación, pero si creo que resulta bastante útil para la comprensión sobre los problemas que se pretenden atender con la noción de Bioeconomía. Es decir, ante el progreso de las sociedades más rezagadas y su entrada de lleno en el mundo capitalista, aparecen nuevamente los temores de que la producción mundial pueda satisfacer la creciente demanda. Y, dado que los recursos suelen ser escasos, existe un espacio por intentar hacer una utilización eficiente de los mismos -podríamos empezar a discutir a qué nos referimos por eficiencia, pero tratemos de dejarlo en obtener la mayor cantidad de producto/resultado deseable (cualquiera sea este), dada la cantidad limitada de recursos con la que se cuenta-. Dado que nos estamos refiriendo a recursos naturales escasos, la necesidad de administrarlos abre la puerta al término bio –o biológico-. Por lo tanto, juntando ambas ideas podríamos decir que la Bioeconomía es la administración eficiente de los recursos de origen biológico escasos.

Pero, ¿qué implica administrar eficientemente los recursos renovables? ¿qué sería ser sustentable? ¿Qué consecuencias traerá la existencia de una limitante física al desarrollo/crecimiento económico? En una próximo post, seguimos reflexionando sobre estos temas.

*Lic. en Economía (UBA, 1996), Magister en Ciencia, Tecnología y Sociedad (UNQ, 2004), Doctorando en Ciencias Políticas (UNGSM, Tesis pendiente). Docente/investigador del Instituto Interdisciplinario de Economía Política- UBA/CONICET (IIEP) y Sub-director de las Maestrías en Economía y Relaciones Económicas Internacionales en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA (FCE-UBA).

 

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