Una guerra perdida

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Por Andrés López*

1) El lado oscuro gana por goleada

                                                                                     “¿A quién carajo estaba persiguiendo?”

En uno de los últimos episodios de la tercera temporada de la extraordinaria serie The Wire (ya los alenté a verla en otra entrada de este blog, no se van a arrepentir), el detective Mc Nulty, al revisar el departamento del recientemente asesinado capo narco Stringer Bell, descubre en su biblioteca un ejemplar de La Riqueza de las Naciones de Adam Smith. Ya la serie nos había mostrado cómo Bell pasa del tráfico en las calles a la búsqueda de ser un respetable hombre de negocios. En esa búsqueda se mete a lavar dinero vía la industria de la construcción, sólo para descubrir que tiene que lidiar con innumerables obstáculos burocráticos; para salvarlos, recurre a los oficios de un político corrupto que promete mover sus contactos a cambio de una suculenta coima, pero como en The Wire los delincuentes andan por todos lados y no está claro cuáles son más peligrosos, se trata de una simple estafa (el mensaje es: los políticos tienen menos códigos que los dealers).

Narcotráfico, lavado de dinero, conexiones entre economía blanca y negra, drogas y política … todos conocemos algo de estos temas aunque más no sea de leer los diarios. Pero el debate público en torno a las drogas, al menos en Argentina, no siempre parece guiarse por el conocimiento de los hechos o de la investigación académica, sino por posturas a priori, que muchas veces son de carácter moral o ideológico. Así que me pareció interesante revisar un poco qué sabemos acerca del mercado de las drogas, su tamaño, sus actores, el reparto de las rentas y, en particular, acerca de la efectividad de la lucha contra ellas tal como está planteada actualmente y sobre posibles alternativas de política; todo esto, con el propósito de escribir una serie de notas que, ojalá, ayuden a arrojar alguna luz a la discusión local sobre el tema.

Claro está que el tema excede la estrecha mirada que sobre el mundo solemos tener los economistas; pero también está claro que no se lo puede analizar sin mirar su costado económico. Nadie sabe, por obvias razones, cuanto “pesa” exactamente la economía de la droga, pero un reciente reporte de la Rand Corporation elaborado para el gobierno de los EEUU dice que los ciudadanos de aquel país gastan más de USD 100 mil millones por año, cifra mayor a lo que erogan en electrónica y electrodomésticos; en tanto, la Oficina de Naciones Unidas para la Droga y el Delito (ONUDD) estimaba en 2003 el narcotráfico global en USD 320 mil millones, algo menos del 1% del PBI mundial de aquel año.

Por cierto, las drogas no siempre fueron ilegales. Bayer comercializaba heroína a fines del siglo XIX y principios del siglo XX como un sedante para la tos. Sears and Roebuck ofrecía un pack con jeringas y dos dosis de heroína o morfina (las fuentes difieren) por USD 1,50 en la década de 1890, y, por la misma época, la cocaína se usaba para calmar el dolor de muelas en los niños (de hecho, la Coca Cola al principio contenía cocaína en cantidades bastante importantes). Hasta el Papa León XIII le dio una medalla de oro a un vino creado por un químico francés, Angelo Mariani, que contenía cocaína (véase esta entrada de Wikipedia con un simpático poster alusivo) –y vean también esta nota con otras anécdotas e imágenes igualmente simpáticas acerca de cuan abiertamente publicitadas eran las drogas hace algunas décadas-.

El pasaje de las drogas a la ilegalidad fue gradual (en EEUU el comienzo fue la Harrison Narcotics Act de 1914, que, de hecho, fijaba impuestos especiales y restringía la prescripción médica de narcóticos, pero no los prohibía totalmente). Los primeros reclamos a favor de la prohibición estuvieron en gran medida asociados a la idea de que las drogas eran consumidas por negros, chinos y otros extranjeros que cometían delitos de toda clase bajo sus efectos (sin embargo, una investigación posterior sugiere que eran los blancos los mayores consumidores; y sí, el mundo es siempre igual a sí mismo …).

Por supuesto, es inevitable recordar que en 1919 también se prohibió la producción y venta de alcohol en aquel país, revertida en 1933 -tanto por su ineficacia, como por motivos económicos (fundamentalmente, la pérdida de recaudación impositiva)-. También es inevitable recordar que la subsecuente creación de un mercado negro estuvo estrechamente asociada al ascenso del llamado crimen organizado en los Estados Unidos y a un aumento de la violencia urbana. Una vez que el consumo de alcohol volvió a ser legal, las organizaciones de la mafia tuvieron que buscar otras vías de ganar dinero, incluido el tráfico de drogas (aunque en esta inolvidable escena de El Padrino vemos que aún gente muy mala tenía ciertos reparos a la hora de encarar este negocio, “no vamos a venderles a los niños en las escuelas, sólo a los negros”).

Volviendo a The Wire en la temporada 3, Bunny Colvin, un comandante de distrito de la ciudad de Baltimore (donde transcurre toda la serie), harto de ver como el tráfico de drogas arruina la vida del vecindario, y ante la presión de sus superiores por reducir las tasas de criminalidad, adopta una idea original: abre unas zonas especiales (Hamsterdam las van a llamar los pequeños dealers que van a parar allí) en donde la venta de drogas al por menor queda “liberada”, con la condición de que no haya violencia. Los resultados: baja drástica de las tasas de delito en la zona (dado que ya no hay que pelear por las “esquinas” y porque se liberan policías para atender crímenes más importantes y patrullar preventivamente las calles), y mejoras en la atención sanitaria a los adictos que van a comprar allí (intercambio de agujas, tests de HIV, promoción de tratamientos de rehabilitación, etc.). Lamentablemente, los superiores de Colvin, al enterarse del experimento, deciden desmantelarlo (no sin antes considerar en algunos casos los beneficios que el programa genera; sin embargo, pesa más el costo político que supone defenderlo).

Es claro que el mensaje de la serie sobre la llamada “guerra contra las drogas”, y su creador, David Simon, lo dice de manera abierta, es que la misma ha sido un fracaso. Y Simon no está solo en esa opinión. Lo mismo podemos leer hacia el final del informativo libro (aunque su lectura es un tanto pesada a mi gusto) de Roberto Saviano CeroCeroCero. Como la cocaína gobierna al mundo, tras una exhaustiva excursión en el universo de la cocaína en sus más diversas variantes y geografías. La Global Commission on Drug Policy, formada por 22 políticos e intelectuales de renombre, arribó a la misma conclusión en sendos reportes publicados en 2011 y 2014. Un gran número de prominentes economistas firmó una carta abierta al Presidente Bush reclamando atención a un reporte elaborado por Jeffrey Miron en 2005 donde se mostraban los costos de la prohibición de la marihuana, y los beneficios fiscales que traería su legalización. En 2014 la London School of Economics creó un grupo de expertos, incluyendo economistas y políticos, que emitió un informe sobre los efectos negativos de la guerra contra las drogas, abogando por la necesidad de nuevas estrategias para abordar el tema.

Pese a que estas opiniones gozan del respaldo de gente tan respetable y conservadora como Paul Volcker, George Schultz o Milton Friedman, hay gente que piensa que quienes cuestionan la eficacia de las leyes prohibicionistas son consumados drogones que pasan sus días con jeringas, porros, pastillas de éxtasis o ravioles de cocaína en el bolsillo. Yo más bien tiendo a pensar que los narcos deben estar en el grupo de gente que más defiende la prohibición, ya que son sus principales beneficiarios. Y, más conspirativamente, si fuera narco, supongo que estaría feliz de aportar dinero a políticos y organizaciones anti droga (como el siniestro Gus Fring en la inolvidable Breaking Bad).

Valgan sólo un par de ejemplos para mostrar que algo anda mal con el enfoque actual. Según el mencionado reporte de la Rand Corporation, el gasto en drogas ilegales en los Estados Unidos permaneció bastante constante entre 2000 y 2010 (lo mismo ocurrió en términos de usuarios crónicos y cantidades) –aunque con un gran descenso en el uso de la cocaína y aumentos en los casos de la marihuana y la metanfetamina, la especialidad del temible Walter White-. En tanto, el presupuesto del gobierno de los EEUU destinado a luchar contra la producción y venta de drogas (se excluye el gasto en prevención y tratamiento de las adicciones) aumentó más de un 50% entre 2003 y 2010 (sí, ya sabemos, sin ese gasto la cosa podría haber sido peor, nuestros queridos contrafactuales, pero a priori no parece que estemos ante un éxito rotundo …). La misma ineficacia en cuanto a reducir el número total de consumidores o de producción parece darse a nivel global según datos del último reporte de las Naciones Unidas sobre el tema.

Tenemos, además, las muertes asociadas al narcotráfico. En el caso de México, sólo en el sexenio de la presidencia de Felipe Calderón el número se calcula entre 60 y 90 mil; y la cuenta sigue, como lo prueba el macabro episodio de los 43 estudiantes desaparecidos el año pasado. Más allá de los Narco-Estados (como parecen ser los casos de Guinea Bissau o Kosovo), la relación entre narcotráfico y política es más que evidente en países como Colombia o México. Pero también por casa tenemos problemas, y serios (por si no lo vieron, lean este interesante reportaje a Alberto Fohrig en La Nación publicado en 2013). ¿Y si hablamos también de la relación entre drogas, lavado de dinero y finanzas? El capítulo once del libro de Saviano nos introduce en las pecaminosas relaciones entre el narcotráfico y el sistema bancario y nos recuerda que el ex director de la ONUDD, Antonio María Costa, afirmó que durante la crisis financiera el dinero del narcotráfico sirvió para rescatar a algunos bancos del colapso (y ustedes creían que era todo gracias a Bernanke …).

Tengo la impresión -y no soy el único claro- que, al presente, dado el estado de cosas brevemente descripto, se abre un espacio mayor que en el pasado para hablar de estos temas. En Argentina, por ejemplo, el año pasado el titular de la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico (Sedronar), Juan Carlos Molina, afirmó públicamente su postura a favor de la despenalización del consumo de todo tipo de drogas, aunque luego se ensarzó en un debate terminológico ante las críticas que recibió de varios lados. También recientemente, como es bien sabido, algunos estados de los EEUU, y nuestro vecino Uruguay, han legalizado la marihuana.

Se ha acumulado una cantidad de conocimiento y análisis sobre las diversas aristas (sanitarias, sociales, económicas, políticas) de este complejo problema y bien vale la pena explorar al menos parte de esta evidencia; esto es lo que me propongo hacer en esta serie de notas. Como ustedes saben, aquí posteamos artículos breves, por lo que aquellos queridos lectores que hayan llegado hasta acá -y no se aburrieron- van a tener que esperar al próximo episodio para continuar con esta historia. Deseando que estas pequeñas reflexiones no llamen la atención de algún miembro del Cartel de los Zetas de visita por Buenos Aires, prometemos seguirla por este mismo Bati-Canal en breve.

*Doctor en Economía (Universidad de Buenos Aires). Director del Centro de Investigaciones para la Transformación (CENIT). Director del Departamento de Economía de la Facultad de Ciencias Económicas (Universidad de Buenos Aires) y Profesor Titular Regular de dicha casa de estudios en la materia Desarrollo Económico.

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Un comentario sobre “Una guerra perdida

  1. Me encanto! Buenas reflexiones. Tambien esta bueno saber que no hace mucho que las prohibiciones existen y que no son la unica forma de tratar este gran problema que tienen todas las sociedades. Podría considerarse que en este mercado existe una pérdida irrecuperable de eficiencia por el control monopolístico de los narcos? Desde mi punto de vista el consumo es totalmente inelástico a la existencia de prohibiciones, por lo que considero que podría ser una fuente de financiacion si es controlado estatalmente. Saludos.

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