La gran ilusión

elreino

Por Andrés López*

Prólogo. Alucinaciones de una noche de verano

Inauguré mi temporada de lectura estival con la última y excelente novela de Emmanuel Carrere, “El Reino” (acertadísima recomendación de mi novia, quien me introdujo a Carrere, uno de los mejores escritores de la actualidad, hace ya algunos años). Si bien quizás no se trata de su obra más lograda, ciertamente es la que toca el tema más “trascendente” desde el punto de vista histórico (de hecho el más trascendente de la historia occidental considerando sus vastísimos y duraderos impactos en todos los órdenes de la vida social), esto es, los orígenes y primeras décadas de vida del cristianismo.

Su lectura generó en mi cerebro algunas resonancias, seguramente exageradas, con la situación de nuestra querida patria. En lo personal, “El Reino” me hizo volver a viejos temas, asociados a la religión, que me obsesionaron durante mucho tiempo. Y hoy me obsesiona tratar de entender lo que pasa por la cabeza de muchos compatriotas honestos e inteligentes que parecen vivir en una realidad paralela a la mía. Lo curioso es que en algunos aspectos ambas realidades se superponen, ya que transitamos las mismas calles y experimentamos idénticas inclemencias climáticas; en este sentido, si se quiere mi obsesión es conocer lo que Carrere, citando al genial Billy Wilder, llama “el punto de vista del adversario”. Y acá es donde se entroncaron en mi mente febril ambas historias, con sus promesas de reinos eternos, sus mesías, sus apóstoles, sus relatos y sus “grietas”. Y me acordé de otra historia con promesas gloriosas, creyentes enfervorizados y relatos dudosos. Veamos.

I. El GRAN RELATO

Como es usual en sus últimos libros, en “El Reino” Carrere hace “non fiction”, mezclando hechos reales con su propia experiencia de vida, y agregando mucho de su inventiva personal. Y en este caso hay un extenso campo para inventar, porque hechos, y en especial hechos más o menos “probados”, hay pocos. Por ejemplo, sabemos que Jesús existió y fue crucificado (quienes niegan su existencia real son una clara minoría entre los historiadores). Quizás con menos certidumbre, sabemos que su cuerpo desapareció al tercer día de su muerte. Lo que seguro no sabemos, en cambio, es cómo desapareció. ¿Resucitó y salió caminando o su cuerpo fue removido? Y si fue removido, ¿quién lo hizo y por qué? Y esto solo para citar el que quizás es “EL HECHO” controversial más importante de toda esta historia a la hora de definir si creemos o no que Jesús era el hijo o el enviado de Dios. Pero hay cientos y miles de huecos en toda esta interesantísima trama. Los autores (individuales o colectivos, la historia no se pone de acuerdo) de los 4 Evangelios trataron tempranamente de hilvanar una historia más o menos coherente de lo que ocurrió, con fuentes de diversa credibilidad y también apelando a su propia inventiva; hoy diríamos que intentaron establecer (cada uno a su manera) un “relato” sobre los orígenes y el sentido de lo que luego se llamaría el “cristianismo”.

Y acá viene una de las cosas que más me interesa de “El Reino” a los fines de esta nota: la importancia decisiva que tuvieron quienes difundían la nueva fe a través de la predicación y como debieron crear variados “relatos” convincentes para ganar adeptos (y evitar, en algunos casos y según la ocasión, confrontar muy abiertamente con las autoridades y las normas religiosas, políticas o culturales establecidas). Por ejemplo, Pablo, uno de los personajes clave de la trama, se “especializa” en cierto momento en convertir a griegos, romanos y otros pueblos a los que la historia de que Jesús era el verdadero Mesías esperado por el pueblo de Israel no les va ni les viene, porque simplemente no saben de qué les están hablando, ya que no conocen la religión judía. Entonces tiene que usar otros argumentos para ganarlos para la causa. En cambio, para los judíos esa era la discusión central: ¿el Mesías ya llegó o Jesús era un impostor, o un loco? Para cada audiencia hay que adaptar los relatos, porque de lo que se trata, legítimamente, es de hacer proselitismo[1].

En cualquier caso, la tarea habrá resultado seguramente difícil. Porque, ¿como “vender” la idea de que un pobre predicador judío, que fue crucificado (una forma de ejecución particularmente deshonrosa en el Imperio Romano) junto a dos ladrones, era en realidad el hijo de Dios que vino a redimir a la humanidad? ¿Qué pruebas pueden mostrarse para avalar ese reclamo? ¿Los milagros? Pero en esa época no existía You Tube, así que había que contentarse con la palabra de los predicadores … En fin, que resulta realmente sorprendente, como bien lo remarca Carrere, que partiendo de bases tan débiles (en todos los sentidos), el cristianismo se haya convertido en la religión más importante del mundo. ¡El relato evidentemente fue poderoso!

Y nótese que hubo que hacer algunos malabares para acomodarlo a las circunstancias cambiantes del mundo. Por ejemplo, el fin de los tiempos era algo que, para hombres como Pablo, estaba al caer en cualquier momento. Sin embargo, el evento se dilataba de manera peligrosa. Germinó entonces una interpretación ad hoc potencialmente eficaz; el fin de los tiempos ya ocurrió, pero solo los elegidos para la salvación son capaces de percibirlo. Interesante e inquietante sin dudas. Los marxistas que ven como el fin del capitalismo se posterga una y otra vez no han llegado a tanto, al menos hasta donde conozco (Carrere hace muchos divertidos paralelos entre los primeros cristianos y los bolcheviques, una comparación que retomo más abajo).

Volviendo a la cuestión del Mesías, con Jesús, y con la posterior interpretación de los hechos que rodearon su vida y su muerte, emerge lo que tal vez es la primera gran “grieta” de la historia occidental, aquella que divide a quienes “creen” en él, de los escépticos o los directamente hostiles. Tengamos al cuenta que al comienzo nadie, salvo quizás sus seguidores más cercanos, y en especial los más fanáticos como Pablo, creía que esta grieta fuera a resultar demasiado relevante en el largo plazo, ya que Jesús no fue ni el primero ni el último en proclamarse (o ser identificado como) el Mesías. Y sin embargo, como resalta Carrere, la inicialmente pequeña legión de parias y desclasados que lo siguieron, propagaron sus radicales enseñanzas y difundieron sus milagros, reales o inventados, lograron transformar, en pocos siglos, el mundo de arriba abajo.

Y en este sentido me interesa muchísimo transcribir una frase de San Pablo que cita Carrere. “Si se proclama que Cristo ha resucitado, ¿cómo algunos de vosotros podéis decir que los muertos no resucitan? Si no hay resurrección de los muertos, Cristo no ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado nuestra predicación es vana y lo que creéis es una ilusión”. Es una revelación y se está con ella o contra ella. Y el mismo Pablo insiste repetidamente en que han de creerle porque este tipo de cosas las dice él, a quien Dios se le ha revelado yendo hacia Damasco, convirtiéndolo de perseguidor feroz a propagador incansable del cristianismo. Unas páginas antes Carrere nos dice que “los únicos argumentos de peso en una conversación son los argumentos “ad hominem”. Es algo que me revuelve el estómago, pero quizás sean los que mayor capacidad de convicción tienen en la práctica; en cualquier caso, hoy proliferan por todos lados.

Finalmente, digamos que desde el punto de vista del historiador, además de establecer hechos y determinar sus causas, queda la tarea generalmente mucho más especulativa de entender sus consecuencias. Yo (que fui un católico convencido y atormentado durante mi niñez y primera adolescencia y ahora integro el amplio, moderado y calculador club de los agnósticos) rescato las palabras de uno de los soldados romanos que detuvo a Jesús: “nadie ha hablado como este hombre”. Y se refería a la preferencia por los pobres, los enfermos, los desamparados, a poner la otra mejilla; son cosas que hacen al mundo más habitable. Pero también podemos recordar que todos ellos recién recibirán su recompensa una vez muertos, un premio de ocurrencia eventual contra la pasividad de aquellos desgraciados con su bien tangible y desdichada situación terrenal (y Pablo lo dice con todas las letras en sus predicaciones, no cambien nada porque ya viene el fin de los tiempos). Esto sin olvidar que a los romanos, por muy capaces que fueran de cometer las peores barbaridades y perversiones, jamás se les hubiera ocurrido iniciar una guerra religiosa, algo que solo pueden llevar adelante quienes creen que su Dios es el único verdadero. En fin, que este debate ciertamente no tiene conclusión (y quizás tampoco sentido), pero lo traigo acá porque es otro asunto que al final se resuelve en el marco del “relato” que cada uno elija como apropiado para manejarse con estos temas tan complejos. Yo me quedo con las frases caritativas, pero otros podrían elegir una como ésta: “He venido a arrojar fuego sobre la tierra. ¡Cómo me gustaría que ya hubiera prendido!”.

II. Esperando la carroza

Y ahora el lector me perdonará (o no, y se irá), que dé un salto mortal, tanto temporal como geográfico, y fundamentalmente en cuanto a la trascendencia de las cuestiones involucradas y la densidad y altura de los personajes de la trama. Vamos a una olvidada provincia del imperio a comienzos del 2016 A.D., la Argentina, que ofrece un material que no es apropiado para la elegante pluma de Carrere, sino más bien para los grandes maestros de la tragicomedia italiana, como Dino Risi o Mario Monicelli. Pero me doy cuenta de que esta comparación eleva demasiado el status de nuestra historia, en verdad estamos apenas para una “Esperando la Carroza”, con Doria dirigiendo en lugar de aquellos gigantes, y Brandoni y Gasalla en lugar de Gassman, Tognazzi o Sordi. “Es lo que hay” dirían los más jóvenes, pero aunque estemos en un terreno mucho más banal en todo sentido que en el del “gran relato”, es el que nos toca a vivir a los sufridos habitantes de estas comarcas.

Si se me permite la exageración, en nuestra tragicomedia también hay un Mesías (“El”), o más bien dos (“El” y “Ella”). Los evangelistas y apóstoles también ya han aparecido, y algunos de ellos incluso predican a las gentes en plazas y otros lugares públicos (claro que ninguno de estos personajes viven en comunidad compartiendo su mutua pobreza, muy por el contrario, pero esto es algo que pareciera poco relevante a sus seguidores por lo visto). Y tenemos nuestra gran “grieta”, entre quienes han aceptado la nueva fe y el resto, digamos los fariseos, que nos negamos a ver la luz y escuchar el mensaje, quizás nublados  por las malas artes de Satanás (quito de esta división a la gran masa de votantes del FPV que pertenecen a las capas más excluidas de nuestra sociedad y que, con razón o sin ella, creen que ha mejorado su vida personal en los últimos año).

El problema es que, al igual que ocurre con los historiadores, modernos y tempranos, del cristianismo, nosotros, que mucho más modestamente intentamos analizar la más terrestre realidad argentina, no conocemos de manera cierta cuáles son los hechos relevantes de la historia. Es bastante obvio que en un blog de economistas me estoy refiriendo fundamentalmente a que el INDEC ha creado un universo paralelo de cifras falsas, pero ese es solo un ejemplo que ilustra un más amplio estado de oscuridad informativa que caracteriza a buena parte de la cosa pública en el país (digresión, si se me permite de nuevo la comparación extravagante, ahora mismo no puedo dejar de imaginar que Poncio Pilatos envía a la fiscal Fein a que averigüe por qué desapareció el cuerpo de Jesús y cuando la señora llega al lugar del hecho se encuentra a los centuriones romanos comiendo pizza y usando algún lienzo ensangrentado como mantel y al encargado de inteligencia de los romanos moviendo piedras de un lado a otro antes de que lleguen las autoridades judiciales; y por favor, no estoy haciendo paralelos con Nisman, es una broma nomás).

Ahora bien, esta falta de conocimiento preciso sobre los hechos concretos importantes (que quizás es una característica de la realidad social urbi et orbi, pero convengamos que toma un cariz francamente anómalo y extremo en nuestro caso) es lo que precisamente, a mi juicio, habilita que tengamos una discusión de sordos, en donde parece más probable que, al estilo de la época de Jesús, resolvamos las cuestiones a pedradas antes que con argumentos y conversaciones racionales. Y esto es lo que conduce a poco de andar a la fanatización (y a que al final, como dice Carrere, los únicos argumentos que parecen ser importantes terminan siendo siempre los ad hominem).

Así, algunos vemos un largo estancamiento del PBI, un uso del ancla cambiaria que poco tenía que envidiar al de períodos como el de Martínez de Hoz o a la Convertibilidad (Vade Retro!), la ausencia de una estrategia de cambio estructural y crecimiento sostenido, la poca atención prestada a temas clave de la agenda del desarrollo como infraestructura y calidad educativa y el ocultamiento del hecho que la pobreza (a Jesús no le parecía estigmatizante identificar a los pobres…) y el desempleo están lejos de haberse acabado en Argentina. Pero otros creen que estos 12 años han sido los más maravillosos de nuestra historia, y que estamos ahora en un breve reposo en donde, luego de tomar nuevas fuerzas, la Mesías y sus apóstoles y seguidores van a completar la revolución social, política, cultural y económica inconclusa y, ahí sí, no nos iremos más del Reino de los Cielos.

Algunos vemos que en los primeros años del gobierno K se desaprovechó en gran medida la oportunidad más generosa que el mundo le dio a la Argentina en cien años y nos limitamos a sacar partido del boom de las commodities (alabado sea nuestro yuyo!) para salir de la crisis de 2002 (eso sí, luego de que el gobierno Duhalde hiciera el trabajo sucio) y más adelante a administrar rentas con una mirada fundamentalmente populista y de corto plazo. Pero otros creen que lo ocurrido en esos años de crecimiento y mejora de los indicadores sociales “no fue magia” (y eso que los mesías hacen cosas de magos), sino obra y resultado de la eficaz y visionaria gestión K, y que si en los últimos años no nos fue tan bien es porque “el mundo se nos cayó encima”.

Y algunos vemos que decisiones tales como el cuasi congelamiento sine die de tarifas públicas son sinónimo de redistribución regresiva del ingreso y de omisión de las responsabilidades ambientales y de sustentabilidad que hoy se le exigen a cualquier gobierno moderno. Pero otros ven en esta epopeya del consumismo –solo Guillermo Moreno ha tenido los  huevos de poner blanco sobre negro que el único objetivo del gobierno k ha sido el consumo-[2] (a la que podemos sumar los viajes baratos al resto del mundo o las cuotas eternas para comprar electrodomésticos) un signo de la generosidad del gobierno K con su pueblo; así como Jesús podía multiplicar los panes y los peces, ¿no podrá la nueva Mesías o alguno de sus apóstoles multiplicar dólares o barriles de petróleo?

Para citar otra variante monoteísta, los caminos del Señor son inescrutables, y pueden conducir incluso a que se firmen acuerdos secretos con China o con petroleras multinacionales. Y si alguno de nosotros, fariseos, preguntamos por algunas de estas cosas es señal de que estamos poseídos ya no por Satanás, sino por la propaganda imperialista-corporativa-mediática (el lenguaje de los primos del gobierno K allá en Venezuela es más explícito en los paralelismos religiosos como bien sabemos[3]). Los gobiernos “buenos” nunca van a firmar tratados dañinos para “el pueblo”, la desconfianza es sinónimo de que nosotros, incrédulos, no estamos destinados a la salvación…

Más aún, si nos quejamos de que ni creyentes ni fariseos tenemos la información básica como para dirimir nuestras controversias sobre la evolución de las principales variables económicas y sociales, se nos dirá que se trata sin dudas de un tema a atender (algún día…), pero que recordemos que fue un acto patriótico para ahorrar dólares –y esto se lo he escuchado a muchos científicos prestigiosos, de cuyos nombres no me quiero acordar-. Me pregunto a menudo qué dirían los colegas del CONICET de las ciencias duras si por similares razones “patrióticas” un gobierno decidiera, por ejemplo, que las mediciones climáticas deben ser de ahora en adelante manipuladas para evitar que nuestros “enemigos” sepan realmente cuanto llueve en la Argentina[4]….

Para que no se me acuse de atacar a un perro muerto, los invito a ver esta nota de Artemio López, quien nos alerta de la “estanflación PRO”. Notable, realmente, que un gobierno genere la dramática situación que pinta el compañero Artemio en apenas un mes, qué capacidad para arruinar las cosas tan rápido, cuando todo venía tan bien encaminado… Ahora bien, si mi tocayo de apellido se basara en las cifras reales de la economía y no en las inventadas por el INDEC (pero claro, alguien que inventa cifras de encuestas ya se acostumbra mal…), podría concluir que el coctel de inflación alta, estancamiento y pérdida de puestos de trabajo ya venía desde antes. Pero no señores, ¡ahora más que nunca hay que aferrarse al relato, nunca menos! Y de nuevo, quizás el gobierno Macri haga todo mal, no es el motivo de esta nota discutir ese tema, que nos ocupará seguramente en Alquimias de acá en adelante, sino la gran ilusión colectiva de parte de la sociedad argentina contemporánea, alimentada por gente que uno ya no sabe si realmente se creen lo que dicen, o están en el negocio de hacernos creer que estuvimos en el Paraíso y algunos lo confundimos con el Averno…

En suma, que yo veo falsos profetas, que han llevado adelante un gobierno mentiroso, ineficaz en muchas áreas clave, con tendencias autocráticas, corrupto y sin una visión de largo plazo salvo la de permanecer en el poder, mientras otros salen a agradecer, en muchos casos de buena fe, por los dones materiales y simbólicos recibidos en todos estos años. Realidades paralelas, algo lógico considerando que como la fe hace que veamos al mundo según lentes distintos…

III. Perdónanos nuestras culpas

Ahora me doy cuenta de que no he intentado comprender el “punto de vista del adversario” sino que me he mostrado contrariado y enojado por lo que yo entiendo es una disociación del mismo con el principio de realidad. No creo por otro lado, lo digo con sinceridad, que en estos doce años se haya hecho todo mal. Y estoy seguro de que el gobierno K ha tenido funcionarios honestos, eficaces y con buenas ideas. Asimismo, los he escuchado, muchos de ellos opinan, por ejemplo, que la gestión económica de los últimos años fue mala (el senador Pichetto ha blanqueado esta opinión recientemente por ejemplo). Y si se les mencionan temas tales como la corrupción, levantan los hombros en señal de que “qué vas a hacer, a mí tampoco me gusta …”. Lo que pasa es que probablemente en este momento estoy más bien inspirado por frases como “Dios vomita a los tibios” que por aquello de “poner la otra mejilla”; por eso me voy a los extremos. Ya se me pasará.

También escucho a gente muy respetable que piensa que todo esto que aquí me exalta y me preocupa es nada más que un hecho pasajero, y que la nueva religión será olvidada más temprano que tarde, así como fueron olvidados todos los falsos (o supuestamente falsos, no lo sabemos) profetas del pasado (por lo tanto, lo que me conviene es seguir con el alcohol o bien pasar a tranquilizantes o duchas frías hasta que aclare). Pero recordemos que uno de ellos encendió una chispa que transformó al mundo gracias a la acción de seguidores decididos y audaces… Y para volver a la gran comedia italiana, hasta el fabulador Brancaleone con su pandilla de vagabundos y ladrones llegó a las cruzadas tal como quería… En nuestro caso no me preocupan tanto los falsos profetas, como la semilla que el relato plantó en un amplio sector de la sociedad argentina.

Y por eso dudo seriamente de que las dos realidades reduzcan su distancia pronto. Es más, creo, porque estoy en contacto con ellas casi a diario, que para una amplia masa de las personas cultas y politizadas en la Argentina el relato K (o para aggiornarnos el relato anti Macri –y por favor, que nadie entienda que acá estoy defendiendo al nuevo gobierno, mi tema es otro, muy distinto-) es funcional a sus creencias más profundas: CFK es el Mesías que ellos ya esperaban desde mucho tiempo atrás. Es que estas creencias se basan en la idea de que hay algo que se llama “derecha” o más modernamente “neoliberalismo”, que es “anti pueblo” y “anti Nación” (vendría a ser la Bestia), y que disputa el poder con el “progresismo” que, simétricamente, es por naturaleza defensor de los pobres, los trabajadores y del bienestar nacional. Y esto solo para mostrar una dicotomía categórica de las tantas que nutren esta forma de ver las cosas, algo que claramente facilita la vida de quienes la cultivan y les permite interpretar como “anti-populares” o “populares” a cada decisión de política, no tanto por sus efectos reales sino de acuerdo a quien las toma. A su vez, creo que esta perspectiva, a las que me gustar reducir de forma caricaturesca con el título “visión Pigna de la historia”, se transmite por varios canales, pero uno privilegiado es el sistema escolar; me encantaría que alguien que sepa del tema confirme o no esta intuición.

En este contexto, y en contra del naive mantra “dejemos de lado las diferencias y miremos al futuro con fe y optimismo” o de la actitud “no enojemos a las fieras”, entiendo que es primordial reconstruir urgentemente información económica y social clave que ilustre de la forma más fidedigna y objetiva posible el pasado reciente de nuestro país. Esto es tarea de todos los ámbitos de las ciencias sociales, pero en lo que a los economistas les compete implica en primer lugar saber cómo evolucionaron y adonde están hoy las variables con las que usualmente analizamos la situación y perspectivas de un país. En el pasado a esto se le llamaba exponer “la pesada herencia recibida”, y en la situación actual la pesada herencia es doble: porque existe y porque una parte muy importante de la sociedad cree que no existe. Tal vez ingenuamente pienso que si todos, o casi todos, nos ponemos de acuerdo en definir cuáles son los hechos o los datos de la situación, la conversación puede entrar en una variante más racional y, ahora voy por la veta optimista a poco de abjurar de ella, quizás podamos empezar a entender de manera ecuánime “el punto de vista del adversario”.

Epílogo. Verdad, relato e historia

Cierro recordando otro libro que refleja una época política terrible, en donde se hicieron cosas siniestras en nombre de otro “relato”. Su título es “Darkness at Noon” (“El Cero y el  Infinito” en la curiosa traducción del título al castellano) y su autor el multifácetico Arthur Koestler. La novela es una denuncia de la farsa de los llamados “Juicios de Moscú”, la Gran Purga impulsada por Stalin (que aparece con el nombre de “El Número Uno” en la novela de Koestler) en los ’30 (y esto en un momento en donde en Occidente muchos izquierdistas bien pensantes se negaban a ver la realidad de lo que allí ocurría; de hecho hasta la publicación de “Archipiélago Gulag” hubo bastante espacio para hacerse el ignorante sobre estas cuestiones …). Transcribo dos párrafos esclarecedores:

“La verdad es aquello que es útil a la humanidad, y la mentira lo que es dañoso. En el bosquejo de historia que el Partido ha publicado para las clases nocturnas de adultos, se asegura que durante los primeros siglos la religión significó un efectivo factor de progreso para la humanidad. Que Jesucristo dijo o no la verdad cuando aseguraba que era hijo de Dios y de una virgen, es cosa que no interesa a ninguna persona sensata. Se dice que esto es simbólico, pero los campesinos lo toman al pie de la letra. Nosotros tenemos el mismo derecho a inventar símbolos útiles para que nuestros labriegos los tomen literalmente y les sirvan” (p. 215). “La historia nos ha enseñado que con frecuencia las mentiras son más útiles que la verdad, porque el hombre es un ser perezoso y hay que guiarlo a través del desierto durante cuarenta años, antes que adelante un paso en el camino de su desarrollo. Y hay necesidad de llevarlo por el desierto con amenazas y misas, por medio de terrores imaginarios y de imaginarios consuelos, de forma que no se siente prematuramente a descansar y se entretenga adorando becerros de oro” (p. 95).

Reflexionando sobre estas frases, pienso que el falseamiento de las estadísticas económicas y sociales en la Argentina ha terminado siendo, al final, funcional no tanto a un supuesto ahorro de fondos, sino fundamentalmente a la construcción de un relato en donde no importa lo que es verdad o mentira, sino lo que “es útil” … si somos indulgentes, para la transformación revolucionaria de la Argentina, y si somos malpensados para perpetuar a un grupo político en el poder.

En cualquier caso, les quiero pedir a los amigos progresistas (entre quienes nos incluimos todos los que escribimos en este blog, pese a que no formamos parte de los “creyentes”) que hagamos el esfuerzo de dejar de seguir a liderazgos mesiánicos (un mal muy argentino, muy latinoamericano, pero en el fondo repetido muchas veces en la historia de la izquierda, “El número Uno” incluido por cierto!). Ojo, no sea que buscando el Reino de los Cielos terminemos siguiendo un día a alguien como Tommy, y encima sin el beneficio de ver como Pete Townshend destroza guitarras!

*Doctor en Economía (Universidad de Buenos Aires). Director del Centro de Investigaciones para la Transformación (CENIT). Director del Departamento de Economía de la Facultad de Ciencias Económicas (Universidad de Buenos Aires) y Profesor Titular Regular de dicha casa de estudios en la materia Desarrollo Económico.

[1] Carrere nos informa que “prosélitos” era el término que se aplicaba a los gentiles atraídos al judaísmo.

[2] Frente a las asombrosas tonterías que dicen algunos ex funcionarios K al tratar de interpretar su gestión,  me saco el sombrero ante esta declaración de Guillermo Moreno, quien hace tiempo dijo: “Si a la gente le sobra un mango para ir al cine, cambiar los zapatos e irse de vacaciones, está feliz. Ese es nuestro gobierno”.

[3] Y también en eludir el principio de realidad ¿Creerán realmente los simpatizantes chavistas en los dichos de su canciller respecto de que el gobierno de Macri liberó a torturadores?

[4] Mucho me temo que algunos conciudadanos ilustrados incluso tienden a aceptar como pasablemente buenas a las cifras del INDEC K.

 

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